Para ser verídicos debemos hacer constar que el estado de la fábrica, en cuanto se refiere á su atmósfera moral, no era, en la época que da principio á nuestra historia, tan limpia y sana como en los tiempos de Bernaregui. La enérgica voluntad de su antiguo dueño, causa primera sin duda de su situación brillante, había desaparecido con él, pues el carácter de Puig, reservado y triste, se doblegaba con más facilidad, por su deseo de paz y concordia, á las exigencias de unos y otros y á las aspiraciones no siempre justas y nunca desinteresadas de los más bulliciosos. Y sucedió lo que lógicamente debía suceder. Cuando Bernaregui mandaba, todos sabían que sus órdenes eran irrevocables y que justas ó injustas no había medio de protestar contra ellas, y de aquí nacía la tranquilidad de la obediencia. Puig, por el contrario, admitía observaciones, oía consejos y muy á menudo revocaba alguna de sus órdenes; gran disgusto y profundas quejas cuando no las revocaba todas. Lo que en el uno había sido natural entereza y unidad de miras, se tuvo en el otro por exigencias desmedidas y tiránico despotismo. Los mismos que callaban por todo ante Bernaregui, chillaban por nada ante Puig, y efervescente espíritu de rebelión cundía injustamente de taller en taller y de oficina en oficina en aquella siempre bien dirigida casa de comercio y fábrica de tejidos.

Si en otro tiempo obreros y empleados hubieran podido con algo de razón llamar autócrata á Bernaregui, hoy carecían de ella en absoluto al apostrofar con el dictado de tirano al tolerante y reconcentrado Puig. No se traducían aún en hechos estos temerarios juicios que de él se hacían en conversaciones más ó menos públicas; pero, á la primera ocasión que se presentaba, les faltaba tiempo á todos para quejarse de las exageradas autocracias del antiguo cajero de la casa.

Y ésta era la verdadera piedra de toque de aquellos juicios inmerecidos y de aquellas quejas inmotivadas. Si á Bernaregui hubiera sucedido en la dirección de la fábrica un hijo, un hermano, quizá un lejano pariente, nadie se hubiera dado cuenta del cambio de amo, por más que su carácter, sus costumbres y hasta su inteligencia fueran peores que las de su antecesor. Pero heredar la fábrica uno de ellos, por más que fuese el mejor y el más inteligente de todos, un obrero como los demás, un individuo ajeno á Bernaregui, eso era el colmo de la injusticia, un golpe de la loca fortuna, un capricho de la suerte, que lo mismo y con la misma razón hubiera podido favorecer á otro. Todas las buenas cualidades, todo el mérito, toda la inteligencia que se reconocían con gusto en Puig cuando criado, aunque de la primera categoría, se desconocieron en él cuando amo; y es porque todos sin excepción se creían con el mismo mérito, con las mismas circunstancias que el agraciado.

Como siempre, se exageraba la cuantía en la herencia, haciendo subir á cuatro, seis y más millones de pesetas el capital de la casa, que, según el balance de 1880 á que nos hemos referido anteriormente, sólo arrojaba dos millones, no muy bien contados; y cuanto mayor era la fortuna, mayor era el descontento de los que la veían en manos que no eran las suyas.

Estas indicaciones acerca del estado de los ánimos de cuantos dependían de la fábrica de Bernaregui, que así continuaba llamándose y así había de llamarse siempre, por expresa voluntad del difunto, explican perfectamente los acontecimientos que han de desarrollarse en ella.


CAPÍTULO II

QUEJAS DE UNA ADEPTA DE NOCEDAL Y REFLEXIONES DE UN CORRELIGIONARIO DE RUIZ ZORRILLA