Cuando no s’ha de burlar
Nadi sea fementido,
Que no debe ser creido
Quien no puede acreditar.

Y lo que burlar se puede,
Sea para dar placer,
Mentir con tan gran saber,
Que por verdadero quede.

Dixo don Luis Vique: Esta mañana, cuando amanescia, entre durmiendo y velando, sentí una voz de mujer que mostraba ir en pena como la que sintió Julio César, estando para pasar el rio Rubicon, cuando se determinó hacer guerra contra los romanos sus enemigos, que por lo que le dixo esta vision, vino en conocimiento ser la ciudad de Roma, que le contó las grandes fatigas que sintió por las crueles guerras y mala voluntad que entre sus ciudadanos habia; por donde yo tambien he venido á conoscer quién es ésta que me aparesció. Y es la ciudad de Valencia, diciendo que yo hiciese una figura que la representase delante vuestra excelencia para que la desagraviase de los agravios que está agraviada; y dejóme en un papel escrito todo lo que por parte suya se habia de suplicar. Ya la veo entrar, desagráviela vuestra excelencia para que torne á ser Valencia. Hecha la entrada y acato debido al Duque, dixo:

Excelentísimo señor, yo estoy agraviada de las damas que están hechas tan á su placer, que todos los servicios que les hacen sus servidores los toman á burlas; que no es de burlar lo que no se debe olvidar; y aunque todo se les debe, debrian quedar deudoras para mostrarse agradecidas y no desconocidas. Yo me veo muy mal pagada dellas, que siendo mis hijas me hacen obras de enemigas; pues con los menosprecios que hacen se retiran los que las sirven de servirlas, que bien dice este dicho: Por do se piensa ganar se pierde el desengañar. Piensan ganar mucho con despreciar algunos que no son para servirlas ni para ser sus criados, y ellos quedan sin oirlas ni verlas de maltratados. Que no es bien dar ocasion perderse la reputacion, pues la dellas y dellos se pierde en perderse la crianza, que cada uno dellos podria decir al otro, viendo la vuestra se pierde la mia. Suplico á vuestra excelencia, pues ha hecho leyes para los caballeros, se haga para las damas; y todos haciendo lo que deben yo seré Valencia, que agora no soy sino Desvalencia.

Luego salió con un agravio don Joan de Cardona y dixo: Señor, yo estoy maravillado de las damas, que por haber la primera dellas sojuzgado al primer hombre, quieren tener el mando sobre nosotros, que nunca mejor cosa se dixo, que decille palomando, haciendo al hombre palo, y á la mujer mando. Y no lo digo por los casados que no están desto agraviados, sino de los por casar, que mejor paresceria no fuesen maltratados los que no pueden llegar con quien aman á ser casados, que si no son para maridos en más deben ser tenidos, en servir sin esperar galardon por bien amar; y por esta razon las damas se debrian dejar servir de todos los caballeros, porque no se pierda lo que tanto se gana.

Respondió la señora doña Margarita de Peralta, y dixo: Mucho se ha maravillado el señor don Juan de Cardona, y ha quedado una flor de maravillas, que huele bien lo que ha dicho y parece mal, pues no se usa; temiendo estoy que se han de secar sus flores á la salida del sol de mi razon, que ya sale y digo: Que del palomando que ha dicho, lo mejor d’este nombre es que el hombre sea palo para sostener el cuerpo de los trabajos que tiene el deseo del amor, y la mujer ha de ser el mando para moderar su mal desear de los apetitos desmesurados que vuestro Cupido tiene; y si á vuestra excelencia le parece que yo he ganado este palomando, qu’es tener nosotras el mando para que no se desmanden los malos deseos de los que nos sirven, póngalo en la ley que se ha de hacer.

Dixo el Duque: En razon está todo cuanto ha dicho la señora doña Margarita de Peralta, que su nombre dice: Per alta piace, como dirá esta séptima ley:

Por alta place la dama
Que bien mandando manda,
Pues que no se desmanda,
Mande la buena fama.

Quiero decir, señores,
Que el mando esté en mujeres,
Por moderar placeres
Que gastan los amores.