Dixo el Duque: Canónigo, por mi vida, no haya más, pues no sois para ménos; y diga la señora doña Castellana Belvis la razon que en la caza le dixe que la dexase para agora.
Respondió la señora doña Castellana: Vuestra Excelencia manda que diga lo que no querrian oir los malos maridos. Yo dixe, quando don Pedro, mi señor, me presentó el ciervo con los cantores, que para conoscer si estuvieron enamorados de véras los amadores, ántes de casar, que siendo casados, siempre han de venir delante sus mujeres, como á servidores, para ser buenos maridos, con mucho deseo á beber de la fuente del deseo de su mujer; porque en perderse los deseos, reinan los menosprecios. Y por esto las menospreciadas son las mal casadas.
Y hombres menospreciadores
Siempre saben á traidores,
Y desleales,
Abren puerta para males.
Vengan pues con el deseo que viene el ciervo herido al agua, y creerá la mujer que su marido no se dice don Olvido, como en este cuento oirán. Una señora amiga mia, siendo mal casada, siempre nombraba á su marido don Olvido, y él le puso nombre á ella doña Olvidada. Hiciéronles esta cancion:
Si quereis saber quién son
Don Olvido y doña Olvidada,
Mal marido y mal casada.
El Duque se rió de buena gana y dixo: Señora doña Castellana, atapado nos ha las bocas, aunque no para reir, que no hay más que decir. Caballeros, sirvamos á nuestras mujeres como amigos, y ellas servirnos han como á mujeres.
Dixo Joan Fernandez: Señor, vuestra Excelencia da unos consejos que saben á conejos casolanos, que son mal sanos; gran trabajo es hacer el siervo para ser señor, por esto rehusó de casar un sabio que en este cuento diré. El Petrarca, siendo canónigo de Padua, dispensaba el Papa que casase con madona Laura, por quien él mostró estar tan enamorado della, como en sus Triunfos y sus sonetos se ve, y consentia que viviese con sus rentas eclesiásticas si se casaba, porque no escandalizase con amor temporal á su hábito eclesiástico; y él, no queriendo casar, respondió al Papa: No quiero trocar los placeres del amiga por los enojos de la mujer.
Dixo doña Hierónima, mujer de Joan Fernandez: Senyores, quin preycador de bulles falses es mont marit; non prengau ninguna, que totes les que ell preyca porten al infern.
Respondióle su marido: Mujer, engañada vais, que poco há me aparesció una mujer que murió de amores de su marido, y díxome que era salvada por haber tomado una bulla que yo preyco, y es, que ninguna mujer se puede salvar si no muere de amores de su marido.