Y en las medallas que la señora doña Violante traia estaban unas manos con el puño cerrado, y el dedo más pequeño alto, que se nombra el margarite, y el mote decia:
Mi mano muestra con razon
Quién está en mi corazon.
Llegóse riendo la señora doña Violante Mascó, y dixo á la señora doña Mencía: Yo vuelvo los celos que vuestra merced me ha emprestado, que más los ha menester que yo, segun va embeatrizado el Sr. don Luis, su marido, de Beatriz de Gilote, y no lo tome por mote; pues le he oido decir aquí que el canónigo Ester le ha hecho una reverenda traicion, que no se puede adevinar si son burlas las que pueden ser véras. Respondió la señora doña Mencía: Señora doña Violante Mascó, yo quiero cobrar mis celos, y de aquí adelante no me los ampreste más que no se los emprestaré, pues burla dellos, sino á la señora doña Castellana Belvis, su cuñada, que me han dicho que por no ser celosa dice su marido que no es amorosa, y va á buscar el amor de fuera de casa; y porque sea más casero no debe dexar un dia en la semana de ser celosa, que á maridos que se desmandan los celos los enfrenan, y si muerden el freno como á caballos desbocados, y pasan la carrera hasta á donde quieren, quando se cansarán ó alcanzarán volverán á su casa, y conoscerán que su mujer les mostraba con los celos los recelos que tenian de su perdicion; que no hay amor sin celos, ni cordura sin recelos. Dixo don Luis Margarite: Señora doña Mencía, beso las manos de vuestra merced de los celos que ha emprestado á mi mujer, que yo lo deseaba, diciéndole cadal dia: mujer, haceos celosa porque no engordeis, que si más engordais, yo me buscaré un festejo flaco y unos amores éticos. Y desparóme un dia con unos celos rabiosos que bien parescen emprestados, pues se lo rie en ser yo fuera casa con una castellana, camarera suya, que se nombra Mariseca.
Dixo la señora doña Violante: Señor marido, pues quereis que hagamos la tortilla de celos que hacen Joan Fernandez y su mujer, séanos juez la señora doña Mencía; y diga si tengo de ser celosa de marido que cadal dia va de boda en boda festejando toda Valencia, dándome á entender que festeja por competir de burlas con el comendador Montagudo, por ver cómo se hace celoso, y he caido en la cuenta que suelen con las burlas encubrirse las véras.
Vino á esta caza don Pedro Mascó y la señora doña Castellana Belvis, su mujer, con unas ropas de terciopelo encarnado, todas brosladas de unos manzanos al natural, las hojas verdes y la fruta colorada, con unos letreros de oro colgados dellos, y tenian unas letras que, haciendo de cada una dellas sílaba, dicen: Él es de ella y ella es de él, como dice este letrero:
L. S. D. L. A. Y. L. A. S. D. L.;
conformando á esta voluntad el manzano y la manzana, quel uno procede del otro. Fué tan buena esta invincion como la burla que la señora doña Castellana pasó diciendo: Señora doña Mencía, yo recibo la merced que me hizo cuando dixo á la señora doña Violante, mi cuñada, que me emprestaria celos para que un dia en la semana sea celosa, porque le han dicho que por no tener celos don Pedro, mi señor, me tiene por desamorada y vase á buscar nuevos amores fuera de casa; suplico á vuestra merced me los empreste, que para luégo es tarde lo que mucho es menester. Dixo la señora doña Mencía: Señora doña Castellana, tome vuestra merced, que con un abrazo se debe emprestar y volver lo que es para bien hacer. La señora doña Castellana dixo: Agora que soy celosa verá mi marido qué cosa son jinetes, por más que él sea buen jinete. Respondióle su marido: Señora mujer, si como dixo jinetes dixera jinetas, que son raposas, guardára mis pollos que no me los coma. Dixo la señora doña Castellana: Pues por mucho que los guardeis yo comeré dellos. Su marido se rió y dixo: Eso sería la comida que hizo una mujer de Hierusalen, que, estando cercada por Vespasiano, emperador de Roma, y su hijo Tito, teniéndola en gran aprieto, al fin de diez años que duró la guerra, vinieron los cercados en tan gran rabia de hambre, que una viuda hebrea, de las que estaban dentro la ciudad, dió la muerte á un solo hijo que tenía mochacho, haciéndolo quatro quartos y comióselo. Dixo la señora doña Castellana: ¿Esos son los pollos? ¿y de qué gallina los habeis sacado? que si son vuestros hijos y de buena casta, no los comeré como la mujer hebrea, sino criarlos he para que no se pierdan, que los celos de la mujer no han de ser para hacer receloso á su marido.
Salió Joan Fernandez de Heredia y la señora doña Hierónima, su mujer, con unas ropas de terciopelo azul, recamadas de hilo de plata y oro, broslados unos ruiseñores, que son páxaros que no cantan ni muestran alegrarse sino en la primavera, y el mote decia:
Gozan del que yo quisiera
Cantar en la primavera.