Deseoso de más noticias, las pedí a mi antiguo y culto amigo donjuán de los Reyes Sotomayor, quien, con amabilidad y presteza que cordialmente le agradezco, respondió a mi interrogatorio en unas cuartillas que quisiera yo publicar íntegras; pero que no podré sino extractar, porque ya esta nota va siendo demasiado larga. El Rollo se elevaba cerca de la margen derecha del Genil, a la salida del puente, en dirección a Córdoba. Consistía en una gran columna de granito azul y negro, como de cinco a seis varas de altura, y de unas tres cuartas de diámetro. En su parte superior tenía una losa de piedra tosca, blanca, caliza, como de una vara en cuadro, puesta a modo de plato o bandeja, y sobre esta losa se veía un león sentado sobre sus patas traseras, que con las garras sujetaba contra su cuerpo, mirando al norte, el escudo de la ciudad de Ecija. ¡El escudo—glosaré yo—a que se refirió Vélez de Guevara diciendo: «Esta es Ecija, la más fértil población de Andalucía, que tiene aquel sol por armas a la entrada de esa hermosa puente!» La menguada cultura de unos ecijanos destruyó, por culpas del rollo—¡como si cupiera culpa en las cosas! y ¡como si el rollo no fuera emblema glorioso de libertad y de autonomía municipal!—, destruyó, decía, aquel escudo de piedra nombrado y celebrado por el insigne autor de La Luna de la Sierra. Derruido todo el monumento, la columna quedó tendida y medio enterrada a un lado de la carretera general de Madrid á Cádiz, y en tal estado continúa a la hora presente.

[374] En efecto, son las armas de Ecija un sol radiante, con la leyenda Civitas solis vocabitur una, tomada del Libro de Isaías, XIX, 18.

[375] Dice pueblo de abril y mayo por la muchedumbre de flores que pueblan en ese tiempo los prados andaluces.

[376] De Garci Sánchez de Badajoz he hallado peregrinas noticias, y pronto las publicaré en el Boletín de la Real Academia Española; de Juan Bermudo, de don Diego de Avalos, de Núñez de Navarro, de don Pedro Manuel Prieto, de tantos otros hombres eminentes que, como éstos, vieron la primera luz en Ecija, y de los modernos Pacheco, Mas y Prat, Giles, etcétera, acuérdese la ciudad del sol, ya que al presente cuenta con una juventud muy culta y activa.

[377] Esta especie de cogerse en Ecija el algodón estaba muy sabida; porque la divulgaron Pedro de Medina y su ampliador Pérez de Mesa en la Primera y segunda parte de las grandezas y cosas más notables de España (Alcalá de Henares, 1595), folio 128: «Cógese en ella [en Ecija] grande quantidad de algodón, de que se prouee mucha parte del reyno». Pero que sólo se cogiera el algodón en Ecija, no lo he visto sino en Florindo, Addicion al libro de Eciia i svs grandezas (Sevilla, Luis Estupiñan, 1631), fol. 31, donde dice, tratando de la especial influencia del sol en las tierras ecijanas: «Porque me consta por vista de ojos que en Marchena i Sevilla se a sembrado algodón, i llega a tener capullo, i no a madurar, ni abrir, ni ser de provecho. Lo cual es cierto que nace de la falta de calor, requisito para su perfección. Y pues en Ecija es tan perfecto y tan bueno....» Durante la dominación árabe se cultivó mucho el algodón en aquella ciudad; tanto que por él la llamaron algún tiempo Medina Alcotón (Varela y Escobar, Bosquejo histórico de la ciudad de Ecija, Sevilla, 1906, pág. 52).

[378] El humanista Francisco Cascales, en su Discurso de la ciudad de Cartagena (Valencia, Juan Chrysostomo Garriz, M.D.XCVIII) decía: «El campo, fertilíssimo, que de su bella gracia ofrece copiosissimamente caracoles, setas, hongos, criadillas, esparragos, salutíferas tortugas, infinidad de palmitos, grandes colmenares de buena miel y cera. A cuyo respeto dice bien el refrán: Cabritos y palmitos, miel y cera, de Cartagena». Pues bien, Ecija, a juzgar por el dicho de Vélez, se aventajaba a Cartagena con mucho. Mas ¿cuáles son los veinticuatro frutos que, «Sin sembrallos», da aquella campiña y vendía la gente necesitada? Probaré a enumerarlos, por los del campo de Osuna, mi pueblo natal, cuyo término linda con el de la ciudad de las torres. De primer intento anoto los frutos siguientes: setas, macucas o criadillas de tierra, espárragos, palmitos, uvas de palma o palmiches, moras de zarza, cardillos, tagarninas, morrillas o alcachofas de púas, higos chumbos, berros, alcaparras, alcaparrones, orégano, poleo, hinojos, almoradux, tomillo salsero, palo dulce o regaliz, flor de manzanilla. Son veinte, y para las cuatro que me faltan, se me ocurren el esparto, algunas hierbas tintóreas, como la gualda, y diversas plantas medicinales, como las malvas, la borraja, el culantrillo, etc.

[379] Esta renombrada sima está a cinco kilómetros de la ciudad, en la falda oriental de la sierra. Tiene de profundidad 146 varas castellanas. Mencionáronla, entre otros autores, el cartujano don Juan de Padilla, en Los doze triumphos de los doze Apostoles (1521); Gonzalo Gómez de Luque, en su Celidon de Iberia (1583), y Cervantes, en El Celoso extremeño (Novelas ejemplares, 1613), en la Adjunta al Parnaso (Viage del Parnaso, 1614) y en el cap. XIV de la segunda parte del Quijote (1615).

[380] A la celebridad de los melones de Guadix aludía el guadijeño Ginés, en la jorn. III de La Niña de Gómez Arias, de Calderón:

«Pues ¿hasme gozado a mi,
ni yo te he desagradado
siendo melón de Guadix
de mala calaña, para
que tu me vendas así?»

[381] Del doctor Mira de Amescua (así firmaba él, y no Mescua) y de su arcedianato di algunas noticias hasta entonces ignoradas en mi libro acerca de Pedro Espinosa (págs. 91-96) y otras en mi folleto intitulado El apócrifo «secreto de Cervantes» (Madrid, 1916), págs. 60-64.