—Pues trasládenlos a un plato—dijo don Cleofás—, señor Ventero, y venga el salmorejo[308], poniéndonos la mesa, pan, vino y salero.
El Ventero respondió que fuese en buen hora; pero que esperasen que acabasen de comer unos estranjeros que estaban en eso, porque en la venta no había otra mesa más que la que ellos ocupaban. Don Cleofás dijo:
—Por no esperar, si estos señores nos dan licencia, podremos comer juntos, y ya que ellos van en la silla, nosotros iremos en las ancas.
Y sentándose los dos al paso que lo decían, fué todo uno, trayéndoles el Ventero la porción susodicha, con todas sus adherencias y incidencias[309], y comenzaron a comer en compañía de los estranjeros, que el uno era francés, el otro inglés, el otro italiano y el otro tudesco, que había ya pespuntado la comida más aprisa a brindis de vino blanco y clarete, y tenía a orza la testa[310], con señales de vómito y tiempo borrascoso, tan zorra[311] de cuatro costados[312], que pudiera temelle el corral de gallinas del Ventero. El Italiano preguntó a don Cleofás que de adonde venía, y él le respondió que de Madrid. Repitió el Italiano:
—¿Qué nuevas hay de la guerra, señor Español?
Don Cleofás le dijo:
—Agora todo es guerra.
—Y ¿contra quién dicen?—replicó el Francés.
—Contra todo el mundo—le respondió don Cleofás—, para ponerlo todo él a los pies del Rey de España.
—Pues a fe—replió el Francés—que primero que el Rey de España....