Y antes que acabase la razón el Gabacho, dijo don Cleofás:
—El Rey de España....
Y el Cojuelo le fué a la mano, diciendo:
—Déjame, don Cleofás, responder a mí, que soy español por la vida, y con quien vengo, vengo[313]; que les quiero con alabanzas del Rey de España dar un tapaboca a estos borrachos, que si leen las historias della, hallarán que por Rey de Castilla tiene virtud de sacar demonios, que es más generosa cirujía que curar lamparones[314].
Los estranjeros, habiendo visto callar al Español, estaban muy falsos[315], cuando el Cojuelo, sentándose mejor y tomando la mano[316], y en traje castellano, que ya había dejado a la guardarropa del viento el turquesco, les dijo:
—Señores míos, mi camarada iba a responder, y a mí, por tener más edad, me toca el hacello; escúchenme atentamente, por caridad. El Rey de España es un generosísimo lebrel, que pasa acaso solo por una calle, y no hay gozque en ella que a ladralle no salga, sin hacer caso de ninguno, hasta que se juntan tantos, que se atreve uno, al desembocar della a otra, pensando que es sufrimiento y no desprecio, a besalle con la boca la cola; entonces vuelve, y dando una manotada a unos y otra a otros, huyen todos de manera, que no saben dónde meterse, y queda la calle tan barrida de gozques y con tanto silencio, que aun a ladrar no se atreven, sino a morder las piedras, de rabia. Esto mismo le sucede siempre con los reyes contrarios, con las señorías y potentados, que son todos gozques con su Majestad[317] Católica; pero guárdese el que se atreviere a besarle la cola; que ha de llevar manotada que escarmiente de suerte a los demás, que no hallen dónde meterse, huyendo dél[318].
Los estranjeros se comenzaron a escarapelar, y el Francés le dijo:
—¡Ah, bugre, coquín español!
Y el Italiano:
—¡Forfante, marrano español!