—Ya vamos llegando, señora Güéspeda, donde cumpla lo que desea; que ésa es la puerta del Sol y la plaza de armas de la mejor fruta[515] que hay en Madrid. Aquella bellísima fuente de lapislázuli y alabastro es la del Buen Suceso[516], adonde, como en pleito de acreedores, están los aguadores gallegos y coritos gozando de sus antelaciones para llenar de agua los cántaros. Aquélla es la Victoria[517], de frailes mínimos de San Francisco de Paula, retrato de aquel humilde y seráfico portento que en el palacio de Dios ocupa el asiento de nuestro soberbio príncipe Lucifer; y mire allí enfrente los retratos que yo la prometí enseñar;—sin estar la dicha mulata en la plática que hacia don Cleofás había dirigido el tal Cojuelo, y diciendo:

—¡Qué linda hilera de señores, que parece que están vivos!

—El Rey nuestro señor es el primero—dijo el Cojuelo.

—¡Qué hombre está!—dijo la mulata—. ¡Qué bizarros bigotes tiene, y cómo parece rey en la cara y en el arte! ¡Qué hermosa que está[518] junto a él la Reina nuestra señora, y qué bien vestida y tocada! ¡Dios nos la guarde! Y aquel niño de oro que se sigue luego, ¿quién es?

—El Príncipe, nuestro señor—dijo don Cleofás—, que pienso que le crió Dios en la turquesa de los ángeles.

—Dios le bendiga—replicó Rufina—, y mi ojo no le haga mal[519]; y viviendo más que el mundo, nunca herede a su padre, y viva su padre más siglos que tiene almenas en su monarquía. ¡Ay, señor!—prosiguió Rufina—, ¿quién es aquel caballero que, al parecer, está vestido a la turquesca, con aquella señora tan linda al lado, vestida a la española?

—No es—dijo el Cojuelo—traje turquesco; que es la usanza húngara, como ha sido rey de Hungría: que es Ferdinando de Austria, cesáreo emperador de Alemania y rey de Romanos, y la emperatriz su esposa María, serenísima infanta de Castilla, que hasta los demonios—volviéndose a don Cleofás—celebramos sus grandezas.

—¿Quién es aquel de tan hermosa cara y tan alentadas guedejas[520]—preguntó la Mulata—, que está también en la cuadrilla vestido de soldado, tan galán, tan bizarro y tan airoso, que se lleva los ojos de todos, y tiene tanto auditorio mirándole?

—Aquél es el serenísimo infante don Fernando—respondió el Cojuelo—questá por su hermano gobernando los estados de Flandes, y es arzobispo de Toledo y cardenal de España, y ha dado al infierno las mayores entradas de franceses y holandeses que ha tenido jamás después que[521] se representa en él la eternidad de Dios, aunque entren las de Jerjes y Darío, y pienso que ha de hacer dar grada[522] a mujeres de las luteranas y calvinistas y protestantes que siguen la seta de sus maridos, tanto, que los más de los días vuelve el dinero el purgatorio.

—Gana me da, si pudiera—dijo la Mulata—, de dalle mil besos.