—En país está—dijo don Cleofás—, que tendrá el original bastante mercadería de eso; que esta ceremonia dejó Judas sembrada en aquellos países[523].

—¡Oh, cómo me pesa—dijo la Rufina—que va anocheciendo, y encubriéndose el concurso de la calle Mayor!

—Ya todo ha bajado al Prado[524]—dijo el Cojuelo—, y no hay nada que ver en ella; tome vuesa merced su espejo; que otro día le enseñaremos en él el río de Manzanares[525], que se llama río porque se ríe de los que van a bañarse en él, no teniendo agua; que solamente tiene regada la arena, y pasa el verano de noche[526], como río navarrisco[527], siendo el más merendado y cenado de cuantos ríos hay en el mundo.

—El más caudal[528] dél es—dijo don Cleofás—, pues lleva más hombres, mujeres y coches que pescados los dos mares.

—Ya me espantaba yo—dijo el Cojuelo—que no volvías por tu río. Respóndele eso al vizcaíno que dijo: «O vende puente, o compra río».

—No ha menester mayor río Madrid[529]—dijo don Cleofás—, pues hay muchos en él que se ahogan en poca agua, y en menos se ahogara aquel regidor que entró en el Ayuntamiento de las ranas del Molino quemado[530].

—¡Qué galante eres—dijo el Cojuelo—, don Cleofás, hasta contra tus regidores!

Bajándose con esto de la azutea, y la Rufina protestando al Cojuelo que le había de cumplir la palabra al día siguiente. Todo lo cual y lo que más sucediere se deja para esotro tranco.


TRANCO IX