Yo dije a un consumado gramático, veinte años ha: «¿Qué hará usted con toda su gramática, si no tiene nada que decir que interese al público? Usted posee un admirable libro de cocina, cierto; pero, vacía la despensa, ¿de qué pueden servirle sus excelentes fórmulas culinarias?»

[223] Como ropa, según una de las acepciones que registra Covarrubias, es «la vestidura suelta que traemos sobre la que está ceñida y junta al cuerpo», llamóse ropa, especialmente, a la talar, y plazas de ropa a los oficios o puestos en que se vestía toga o garnacha. Quevedo, en una de sus jácaras (Musa V), jugando de los verbos bogar y abogar.

«Por buen supuesto te tienen,
pues te envían a bogar;
ropa y plaza tienes cierta,
y a subir empezarás.»

Y ropas, a secas, se llamó también a los oidores, como se echa de ver por otra jácara de Quevedo, en que dice un jaque encarcelado:

«Porque no pueda salir,
me engarzaron en las cormas,
y siempre mandan que siga:
¿Quién entenderá las ropas

[224] El señor Bonilla, después de recordar con Covarrubias que pastel se dijo de pasta, y «es como una empanadilla hojaldrada, que tiene dentro carne picada o pistada», añade: «Los había de a real, de a cuatro, de a ocho, de a medio real, etcétera.» Y don Américo Castro, anotando en la Vida del Buscón, de Quevedo (pág. 89 de la edición de Clásicos Castellanos), aquel pasaje en que dice: «pero yo entiendo que los pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole a [un ahorcado] en los de a cuatro», comentó: «los de a cuatro: pastel de a cuatro reales.» El señor Bonilla, antes de revisar en las pruebas su nota, pudo hacerse estas preguntas: «¿Cómo un avariento, por ahorrar, había de gastar cuatro reales en un pastel para su comida?» Pues ¿no era el pastel, según el invocado Covarrubias, «refugio de los que no pueden hazer olla?» Y el costo de la olla aun para dos personas, que no para una, ¿llegaba, ni con mucho, a cuatro reales? La Gerarda de La Dorotea de Lope (acto V, escena II), teniendo convidada, gastaba en su olla: «una libra de carnero, catorze marauedis; media de baca, seis, son veinte; de tozino, vn quarto, otro de carbón, de peregil y cebollas dos marauedis, y quatro de aceitunas, es vn real cabal»: ¿había, pues, de gastar el avariento cuatro reales en un pastel para sí solo, cuando, aunque se considere que La Dorotea se refiere a tiempo muy anterior al en que se alteraron los valores de la moneda de vellón, al escribir Zabaleta El día de fiesta por la tarde; publicado en 1659, «una libra de carnero valía once cuartos, y un pan cinco, y media azumbre de vino siete, veintitrés cuartos en junto, o sea once menos que el pastel de Vélez de Guevara?» Y esto preguntado, o parte de ello, la bien acreditada diligencia del señor Bonilla le habría abierto camino para averiguar cuánto costaba un pastel de a cuatro en el tiempo en que el escritor ecijano escribió su novela.

Pues otro tanto digo del señor Castro, y aun digo más: que pudo preguntarme sobre ese punto, como me preguntó sobre muchos otros. Esto, amén de que buena respuesta tenía en el capítulo XI del mismo libro I de El Buscón, donde un verdugo, un animero, un mulato y otros sujetos de esta laya comen, entre todos, después de algunas cosas de bodegón, «cinco pasteles de a cuatro. ¿Habían de gastar veinte reales en el postrecillo...?»

No, ciertamente no eran de a cuatro reales los pasteles de a cuatro, sino de la trigésimacuarta parte de ese valor: eran pasteles de a cuatro maravedis. Con dar un vistazo a los tan socorridos Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes, que se conservan en el Archivo Histórico Nacional, habrían echado de ver los mencionados comentadores que en 1596 se mandó que no se hicieran pasteles y cubiletes de a doce maravedís, y sí de a ocho y de a cuatro; que en 1642 se trató de que no se hicieran pasteles de a ochavo, y que en 1644 mandaron los Alcaldes que no se impidiese la venta de cubiletes de a cuatro cuartos. A los que hacían pasteles de a cuatro maravedis, por la misma exigüidad de su precio, no se les podía exigir ninguna gollería, ni aun siquiera una mediana pulcritud; por eso dijo Quevedo en una de sus jácaras: (Musa V).

«Con las manos en la masa
está Domingo Tiznado,
haciendo tumbas a moscas
en los pasteles de a cuatro

Y en un romance de la Musa VI hizo decir a un manto plebeyo: