[217] La ginebra está bien definida en el Diccionario académico. Es el mismo grosero instrumento que los andaluces llamamos carrasquiña.
[218] El castrapuercos, instrumentillo compuesto de algunos cañutos, es ni más ni menos que la zampoña con que suelen representar al Dios Pan. En el Diccionario de la Academia, como en el de autoridades y en el Tesoro de Covarrubias, castrapuercas: pero en el Trésor de Oudin, «Castra puercos, vn sifflet de chastreur». También se llamaba castrador, y debe tomarlo en cuenta la Academia Española, bajo la fe de Quevedo y Salas Barbadillo. El primero dijo en un romance referente a los bailes del vulgo:
«Suéltales las seguidillas
y a ejecutor de la vara,
y a la capona, que en llaves
hecha castradores anda.»
Y el segundo, en el Entremés del Prado de Madrid, y Baile de la Capona:
«Para el baile previnieron
las cuerdas de una guitarra,
sin ver que a un baile capón
vn castrador le bastaba.»
[219] Iba narrando Vélez de Guevara, y súbitamente y sin preparación deja la palabra a don Cleofás. Estos cambios bruscos de la persona que habla, y aun de la persona a quien se habla, no escasean en nuestros escritores del buen tiempo, como de Cervantes hice notar en diversos lugares del Quijote (I, 10, 17; II, 136, 8; IV, 259, 21; VI, 70, 3, etc.)
[220] «Entre los muchos—dije en otra ocasión—que han escrito acerca de los arbitristas, plaga que infestó a España en los siglos XVI y XVII, merece mención señalada don Antonio Cánovas del Castillo, que trató de ellos en sus Problemas contemporáneos (Madrid, 1884), tomo I, págs. 305-328.... Mi querido amigo don Agustín G. de Amezúa, en su edición crítica de El Casamiento engañoso y el Coloquio de los Perros, páginas 147-151 y notas 349-351, cita algunos arbitrios notables por su extravagancia....»
[221] Así en la edición original. A escribir hoy, de seguro habría dicho Vélez: «... que tiene en la mano el retrato de su dama....»
[222] El gramático pedante y engreído, para quien no hay en el mundo cosa que valga dos maravedís sino sus gramatiquerías, fué siempre odiado por los escritores. El señor Bonilla recuerda lo que contra ellos dijo el doctor Suárez de Figueroa en su Plaza universal de todas ciencias y artes (1615). Y antes que Suárez, Barahona de Soto, en su Angélica, maltrató á los finchados gramaticones al incluírlos en la relación de aquellas gentes que Zenagrio, en la morada de Gleoricia, no se digna de mirar:
«Tanto del soez gramático arrogante
que, porque punta y coma sus diciones
y ordena lo de atrás para adelante,
no estima los gravísimos varones....»