Con perros que nos han mordido, para que nos roben.
Con una víbora ponzoñosa que nos ha picado, para que nos envenenen.
Con fuegos, para tener penas.
Con un niño gordo, para recibir dinero.
Con conejos, para ser embrujado.
Se sueña con una persona, cuando ésta piensa mucho en la que la sueña.
Ser arrastrado en sueños por una corriente de agua turbia es para que muera el que ha soñado.
Igual cosa le ocurrirá si ha sido embarrancado por una bestia.
Por lo general, la carne en sueños denota muerte, el escremento deshonra y los animales con astas infidelidad de la esposa, o concubina que se tiene; y así, las interpretaciones son infinitas. Cada individuo cuando sueña con determinada persona cree que le irá bien o mal según el concepto que se ha formado de ella, a la que la considera su sombra benéfica o fatal. Al siguiente día de un mal sueño, quien lo ha tenido se encuentra inquieto, temeroso y esperando momento a momento le ocurra alguna desgracia; al contrario si fué bueno, está contento y feliz.
Semejante proceder de las clases sociales no es excepcional ni extraño. Las supersticiones y tradiciones se trasmiten de generación en generación: ellas se heredan, forman el patrimonio que recibimos de los antepasados; se modifican, varían y aún mejoran, pero no se extinguen; son persistentes porque en la especie humana la memoria no se borra y su existencia y desenvolvimiento se encuentra fuertemente eslabonada al través de las edades. Para que ellas desapareciesen, sería necesario que en la vida de la humanidad se produjese, una solución de continuidad y como esto es imposible, las ideas y sentimientos ancestrales forzosamente tienen que predominar en los actos inconscientes. Se envanece nuestro siglo de haber dado muerte a las supersticiones con los progresos de la ciencia, cuando nutre en sus pechos la mayor parte de ellas y ostenta y da vida precisamente a la superstición de no querer ser supersticioso.