Después ordenó Huirakhocha a sus compañeros que fuese cada cual a lugares determinados, de donde aquellas gentes debían de salir y les mandasen para que saliesen. Así fué que a la palabra de los comisionados fueron surgiendo de las cuevas, ríos, lagunas y cerros los llamados, poblando los sitios que se les señalaban. Mandó también Huirakhocha, a los dos últimos compañeros que habían quedado con él en Tiahuanacu, que el uno marchase hacia la parte de Condesuyo y el otro a la de Andesuyo, y dieran voces a las gentes que debían salir de esas regiones. En seguida él, en persona, se dirigió hacia el Kusco, llamando por el camino a los indios que vivían en cuevas y sierras. Cerca a Cacha, sus moradores salieron armados y desconociendo a Huirakhocha, trataron de matarlo, lo que dió lugar a que hiciera descender fuego del cielo, el que iba quemando y azolando los sitios ocupados por los indios rebeldes. Visto lo cual por estos, arrojaron amedrentados las armas y postrándose a los pies de Huirakhocha, le imploraron perdón por su atrevimiento. Viéndolos éste humillados y arrepentidos, tomó una vara y encaminándose hacia el fuego, con dos y tres golpes que le dió, hizo que se apagase. Los indios en señal de reconocimiento le erigieron allí un famoso templo, donde colocaron su estatua labrada de piedra y le ofrecían en ofrenda mucho oro y plata.

Siguió su camino Huirakhocha, y en el Tambo de Urcus se subió a una altura y de allí llamó a los indios que debían poblar aquella tierra. En esta cumbre y altura hicieron los indios otra muy rica huaca, donde sobre un escaño de oro colocaron la imagen de Huirakhocha. De ahí se dirigió al Kusco, donde creó un señor que gobernase a las gentes del lugar, nombrado Alcahuisa. De allí se fué hasta Puerto Viejo, donde juntándose con los suyos, que habían ido a esperarlo, se metió con ellos mar adentro, caminando sobre las aguas, como si estuvieran sobre la tierra y desapareció de la vista de los que lo contemplaron irse.

Tal es la relación que hicieron los indios a los cronistas de su divinidad suprema. Por eso cuando vieron por primera vez surgir a los españoles de la mar, creyeron que regresaban a la tierra Huirakhocha y sus compañeros y los recibieron con veneración, dándoles el nombre de su dios, nunca supieron, que estos les trajeran la esclavitud y la muerte, en vez de la vida y bienestar que el anterior les había prodigado.

Este dios tan popular y venerado en la antigüedad va desapareciendo de la imaginación de los indios actuales; pocos son los que al presente lo mencionan. Los más lo confunden con Jesucristo o el Padre Eterno y, por último, otros terminan por decir que no se acuerdan de él: que Huirakhocha es el blanco, que pudo más que aquél, destruyendo sus efigies y reduciendo a sus hijos a la más dura servidumbre. El Huirakhocha, pero terrible y desalmado huirakhocha, es para el indio, el blanco o el mestizo que ocupa su rango.

Los templos principales dedicados a esta célebre divinidad estaban situados en la isla o Huatta del Titicaca, sobre cuyas ruínas edificaron después los kechuas su templo al Sol; otro, el más famoso, en Tiahuanacu y otro en Cacha. Estos fueron los más célebres adoratarios de la antigüedad y de los que al presente no quedan sino ruínas.

II

Mayor vitalidad ha tenido en la mitología indígena y sigue teniendo aún la creencia en los Achachilas, o sea la de considerar a las montañas, cerros, cuevas, ríos y peñas como puntos de donde se originaron los antecesores de cada pueblo, y que por este motivo nunca descuidan aquellos de velar por el bien de su prole.

Entre los Ackachilas, a unos los tienen como a principales troncos de grandes pueblos, tales eran el lago Titicaca, el Illampu, el Illimani, el Caca-hake o Huayna-Potosí y el Potosí; otros eran de menor importancia y cepa de tribus insignificantes. El Achachila de los urus, decían que era el fango, de donde estos habían brotado y que por eso eran despreciables, de poco entendimiento, ásperos y zahereños; que vivían en balsas de totora, contemplando constantemente desde la superficie de las aguas a su progenitor, el limo del lago.[6] Los lupi-hakes o lupakas, los umasuyus y pacajjas, se suponían de prosapia superior, nacidos de los amores del Illampu con el lago Titicaca. Al Potosí se le tenía como antecesor de los chayantas, y al Tata-Sabaya, los kara-cankas o carangas. El Sajama, y el Tunari, el río Cachimayu, el Pilcomayo, etc. etc., se les consideraba como Achachilas de los pueblos próximos a esas montañas o ríos.

Sin perjuicio de adorar el indio a su propio Achachila, cuando, al trasmontar una altura o doblar una ladera, ve por primera vez cualquiera de esas montañas, cerros o ríos, inmediatamente se pone de rodillas, se destoca el sombrero y se encomienda a ese Achachila, aunque no sea el suyo y en señal de reverencia, le ofrenda con la coca mascada que tiene en la boca, arrojándola al suelo, y dirigiéndose a aquél.

Cuando en 1898, Sir Martín Conway, trató de realizar su ascensión al Illampu, los indios quisieron sublevarse y atacarlo, porque temían que el extranjero profanase a su deidad y esta les enviará castigos, por lo que Conway sólo pudo efectuar a medias su intento, y en ausencia de los indios.