XII

Los Jappiñuñus, cuya denominación proviene de las palabras jappi, asir, coger, y ñuñu la teta de la mujer, eran duendes en forma de mujer, con largas tetas colgantes, los cuales volaban por los aires en las noches diáfanas y a horas silenciosas, cogían a las gentes con sus tetas y se las llevaban.

Toda vez que el indio siente volar en el aire a deshoras de la noche alguna ave nocturna, no cree que es ave sino supone que es algún Jappiñuñu, que lo está acechando para arrebatarlo y huye apresurado al interior de su casa, o se acurruca junto a un pedrón para que lo proteja. Si ha desaparecido un individuo en la noche, por algún motivo inexplicable, como por ejemplo un crimen o una huida intencionada, atribuyen a sus parientes cuando no han podido tener noticias de él, que el jappiñuñu, se lo ha llevado.

Sin embargo, este mito va perdiendo mucho de su importancia en la imaginación popular y no será extraño que desaparezca a la larga.

XIII

Los indios charcas invocan a su divinidad Tangatanga, cuando se ven acosados por truenos y rayos y creen que esta tiene suficiente poder para impedir que les hagan daño. Esta deidad, a semejanza del Huasa Mallcu, es protector de los hombres y su misión es contrarrestar los efectos del rayo.

XIV

El culto a la piedra es general entre los indios que la tienen como la base del mundo y el principio eficiente de los fenómenos de la vida. Sus huacas más notables son de piedra, y de piedra son sus grandes ídolos y konopas más queridos.

A las piedras esquinadas y aisladas, las veneraban, porque decían que al estallar la guerra y durante los combates, se tornaban en guerreros y después de haber luchado por la tribu hasta vencer a los enemigos, se volvían a sus inmutables asientos.

Sienten aún gran predilección por los peñascos o ciertas piedras que tienen la figura de gente o animal. Cerca a la ciudad de Oruro, existía un pedrejón en forma de sapo, el que era considerado por el pueblo como una huaca milagrosa y, en consecuencia, se la reverenciaba cubriéndola constantemente de flores, mixtura y derramando encima de ella chicha, vino y aguardiente. La piedra contenía en su base un hueco, por donde pasaban arrastrándose las personas que deseaban saber sobre el término de su vida. La que se atracaba y no podía franquear el paso suponía que iba a morir pronto, o por lo menos, no ser larga la existencia que le quedaba; la que salvaba sin dificultad alguna, creía que viviría mucho, y que su muerte estaba muy distante. Un militar despreocupado y torpe, redujo a pedazos la piedra sagrada con un tiro de dinamita, causando el hecho, general y profundo sentimiento en el pueblo, que se vió privado de su preciada huaca.