En los suburbios de la ciudad de La Paz, había antiguamente una gran piedra, cuya forma se ignora, a la que los indios rendían culto, y les imitaban los primeros pobladores de la ciudad. Alarmados los frailes y misioneros, dieron en predicar contra la piedra y derramar basura encima, hasta convertir el paraje en muladar. Los indios y vecinos al ver tanto desacato que no era castigado por ella, la apellidaron la piedra de la paciencia. Destruída por fin, quedó el lugar con el nombre hasta ha poco, de cenizal de la paciencia.

De tal modo confiaban todos en las piedras, que solían poner y adorar una en cada tupu o campo, y otro en cada acequia. Aun a las que servían de lindes, bien para las heredades o bien para los pueblos, consagraban fiestas y holocaustos. No estimaban menos los meteoritos y las piedras que hubiera partido el rayo.

Las piedras preciosas eran a los ojos de los indios, y siguen siendo, otros tantos fetiches. Cuando alguien se encuentra una, la conserva con gran afecto y la reverencia teniéndola, desde entonces, como penate de la familia.

«Del especial culto a las piedras hablan todos los autores, incluso Cieza», dice Pi y Margall. Según Cieza alcanzó a los mismos Incas. «Afirmaban, dice, que había Hacedor de todas las cosas y al Sol tenían por dios soberano, al cual hicieron grandes templos; y, engañados del demonio adoraban en árboles y piedras como los gentiles». Describe el mismo autor en otro lugar a los antiguos pobladores de Huamachuco, y escribe que adoraban piedras grandes como huevos y en otras mayores de diversas tintas que habían puesto en los templos o huacas de los altos y sierras de nieve.

«Ese culto debió ser antiquísimo. Lo infiero de que en Tiahuanacu hay largas filas de piedras muy parecidas a los menhirs de los celtas. Lo deduce Girard de Rialle de la leyenda peruana de los tres o cuatro hermanos que salieron de Pacarec Tampu, y es posible que acierte. Algo significa que el mayor de los hermanos derribase los cerros con las piedras que disparaba su honda, y en piedras quedaren al fin convertidos por lo menos dos de tan misteriosos personajes».[13]

XV

El arco-iris o cuhurmi, es considerado de buen o mal agüero, según los casos; prohiben a los niños que lo miren de frente, por temor de que se mueran; y los mismos jóvenes o viejos no osan hacerlo, cuando lo miran cierran la boca, a fin de no descubrir los dientes que se gastarían o carearían a su presencia, y es imposible que le señalen con el dedo. A las partes que caen los pies del arco las tienen por parajes peligrosos, tal vez asientos de huaca, dignos de temor y acatamiento.

A pesar de sus prejuicios, los indios reverencian al arco-iris y no faltan quienes lo tengan como a su Achachila.