Echando el zumo de la coca con saliva en la palma de la mano, tendiendo los dedos mayores de ella, conforme cae por ellos, predicen y juzgan el suceso que se consulta, si será malo o bueno.
La coca se pone amarga en la boca, cuando tiene que acaecer una desgracia a quien la mastica, a su familia, o salir mal en la comisión que se le encomienda.
Encontrar en un montoncito de coca o entre varios, una hoja doble, es para tener dinero.
Probablemente legada por los españoles, es la costumbre de hacer presagios por la forma de arder de la vela que se enciende, ya sea a la imagen de un santo o para alumbrarse en la noche. Cuando la llama flamea mucho y el pábilo se encorva, sin hacer ceniza y su cebo se chorrea, es señal de mal augurio, y de bueno si arde recta y apacible, cubriéndose el pábilo de ceniza blanca. En ambos casos aconsejan no permitir que se consuma toda la vela, sin quedar un pedazo de cabo en el asiento, a fin de que no se reagrave la desgracia en el primer caso y en el segundo, se produzca un efecto contrario al deseado.
También acomodan en un pequeño plato cubierto de sebo tres mechas y hacen sus presagios por el movimiento de las luces o combinando el flameo de éstas.
La luz de la vela o mecha que está ardiendo se oscurece de un momento a otro sin causal ostensible que la motive, cuando el alma de alguna persona de la casa, que debe morir, se coloca entre la luz y la vista de los espectadores.
La llama flamea a saltos cuando alguno de los presentes tiene que viajar.
No debe permitirse que ardan tres velas, a la vez, en una habitación, porque es de mal agüero. En todo, el número tres es antipático al indio.
El que quiere causar daño, enciende la vela por la parte del asiento y la coloca volcada de abajo para arriba, dedicándosela y haciendo votos porque se verifique en alguien lo que persigue.
Es característico en el indio la idea de que cualquiera cosa usada en sentido contrario al habitual, se convierte en maleficio o amuleto, según las circunstancias. Es así cómo suponen que se puede dañar aún con la misma Misa, a lo que llaman misjayaña, en sentido de aniquilar con la Misa, celebrando con el misal acomodado cabizbajo en un atril y sirviéndose el clérigo el vino en el hueco que tiene el cáliz en su asiento y con los ornamentos puestos al revés.