Su espíritu suspicaz y profundamente pesimista, de todo duda y en todo supone más posible el mal que el bien. Parece que los ojos del indio no tuvieran vista sino para percibir el lado obscuro de las cosas, y su corazón sensibilidad, sólo para sentir las penas. Comprende más presto los proyectos siniestros que los alegres o benéficos. Camina en el mundo lleno de decepciones y poseído de un terrible miedo. En cada paso que da teme encontrarse con un enemigo que le dañe, o con alguien que gratuitamente le perjudique en sus intereses, y en cada acto que ejecuta por propia voluntad espera siempre un resultado desfavorable. La duda y el miedo entraban su libre albedrio, de tal manera que, imposibilitan a que se desenvuelva su ser en toda su plenitud; la duda y el miedo han carcomido las raíces de su voluntad. Debido a ello es que tenga mayor confianza en los consejos del brujo, que en su impulso propio. La fe en lo maravilloso es signo de la debilidad y atraso intelectual de una raza. Se busca al hechicero cuando no se comprende lo que se ha de hacer, ni se cuenta con el valor del esfuerzo propio. Tal sucede en esta raza infeliz. La tristeza de la pobre existencia de sus componentes, se refleja aún en la mustia fisonomía de ellos, en la miserable condición en la que viven, y en su candidez para acatar los sortilegios o hechizos, para dejarse conducir sumisos por quienes se creen dispensadores de lo sobrenatural.
II
Para colocar los cimientos de un edificio los indígenas acostumbran derramar chicha en el hueco abierto con ese fin, enterrando en una esquina un conejo blanco y algunas monedas. Si el que construye es rico, se da el lujo de sepultar una llama tierna. Esta ofrenda denominada cuchu, es el tributo que se paga a la Pacha-Mama, para que tenga duración la casa que se edifica, para que se muestre propicia con los que la habiten, y no se enoje por el atrevimiento que han tenido en cavar la superficie del suelo para los cimientos. Dicen los indios que la capa terrestre es la vestidura de aquella deidad, y el que la rasga, la ofende y lastima con esa herida.
Cuando los muros se encuentran terminados, se fija el día en que se ha de techar la casa, y como este acto lo consideran de suma importancia, se proveen los dueños, con la anticipación debida, de chicha, aguardiente y otros licores, los cuales deben ser abundantes, para que abastezcan a todos los asistentes durante la fiesta proyectada. Llegado el día, concurren los parientes y amigos del propietario, llevando consigo botellas de bebidas alcohólicas. Desde los primeros momentos comienza el consumo de las bebidas, en copas que no cesan de circular de mano en mano; lo que no obsta para que las mujeres se impongan la tarea de formar manojos de paja, que los hombres entusiastas arrojan al techo. A esta ocupación, realizada con grande algazara y gritos, se creen obligados todos los asistentes, causando resentimientos su excusa inmotivada.
Concluída la techa, que debe ser siempre el mismo día en que se dió comienzo, se presentan los compadres del propietario, al son de los golpes de un tambor y de las agudas notas de una flauta, trayendo cruces, botellas de licores y viandas. Las cruces deben estar adornadas con figuras de víboras, colocadas diagonalmente, con objeto de que sirven para proteger la nueva casa de las descargas del rayo. Estos reptiles son tenidos por los indios como dioses tutelares y sus antepasados, los de Tiahuanacu, adoraban una culebra enroscada.
Los indios compadres traen, además, legumbres, cuys y flores, que obsequian a los dueños, a quienes les adornan los sombreros con flores. En seguida, colocan las cruces en la cumbre del nuevo techo, sahumando el interior de la casa con ají, para purificar el aire nocivo y ahuyentar el espíritu malo. Después se entregan a un juego bárbaro, llamado achokalla, el que consiste en hacer corretear a una persona, azotándola con los retazos de cordel de paja o cchahuara, que han sobrado. Este sobrante enovillado, lo arrojan a la tijera más firme, teniendo una punta en la mano y con la otra amarran al dueño y lo suspenden y azotan. Otro tanto hacen con varias personas. Algunos se van con estos cordeles atados al pescuezo, aparentando bailar.
Finalizados tales actos se entregan al jolgorio. Estando embriagados y hartos de comidas, comienzan a bailar, haciendo grandes ruedas en el patio, hasta que terminan por salir a la plaza en rigle, jaleando y zapateando ruidosamente. Esta costumbre de salir a ostentar en público su alegría, la conceptúan indispensable y de buen tono, y cuando la han omitido creen haber verificado la techa de manera triste y desapercibida.
Al día siguiente los que trajeron cruces, van de casa en casa, al rayar el día, con manojos de paja encendida, al son de música y estallidos de cohetes, en busca de los principales concurrentes del día anterior, los hacen levantar de cama y los llevan a la nueva casa, de donde se dirigen al aposento de los dueños, los azotan y hacen que se vistan y les sirven tazas de ponche y continua la borrachera. Los propietarios y asistentes se complacen en recibir los azotes, porque suponen, que en razón de los dolores, estará la duración de la casa. A medio día tiran a la taba haciendo que los perdidos costeen las bebidas. Semejantes diversiones suelen durar muchos días e importar demasiado a los interesados.
La casa nueva se come al propietario si éste se olvida de ofrendar a la Pacha-Mama antes de habitarla. No debe alquilarse una casa por diez años, porque la propiedad ya no vuelve a poder de su dueño.