En los casos de robo acostumbran arrojar cuatro reales de plata en una olla que contenga tinta negra, acompañando el acto con una maldición al culpable, a fin de que pague su delito, con el ennegrecimiento de su rostro.

El hunto o cebo de llama, alpaca o vicuña, lo usan como agente principal y de gran eficacia en los brujeríos, ya quemando delante de las huacas y konopas, y según las direcciones y densidades del humo que se ha producido, hacer los vaticinios, ya también, y esto es lo más ordinario, formando del cebo, un muñeco que tenga las apariencias de la persona a la que se desea hacer daño, al cual, lo queman, con la mira de que el alma, inteligencia o voluntad de aquella, se reduzca, según los casos a la nada, o se amengüe por completo, tornándose en amente, en abúlico, o en individuo sin talento ni sentimientos. Cuando la figura representa un individuo, suelen mezclar el cebo con harina de maíz; si es a un blanco con la de trigo.

Con esta grasa, que acomodan junto a los tallos de la paja, ceñida con hilos de colores hacen encantamientos con los caminos, para que, quien haya ido por ellos ya no regrese.

Además, creen que pasando con una ligera capa de hunto a los huakanquis y mullus de hueso, piedra o metal, estos conservan sus virtudes, en las mismas condiciones que al salir de manos del brujo.

Es muy común criar animales domésticos con el objeto principal de que las brujerías hechas por los enemigos, recaigan sobre ellos, sin herir a sus dueños. Proviene de aquí, que toda vez que un animal muere repentinamente, o se encuentra aquejado de una enfermedad desconocida, atribuyan al hechicero que ha fallado en su ataque, haciendo una víctima distinta a la perseguida, merced a la probable intervención de la Pacha-Mama, de algún otro ídolo, o del santo de su devoción, que desvió el terrible efecto del maleficio.

El uso de la carne de viscacha creen que envejece muy pronto, a la persona que la consume; la de cóndor, que da longividad, por lo que la apetecen los indios, sin embargo de su mal gusto. Del gato dicen que tiene siete vidas y con objeto de que esa resistencia vital atribuída, les sea trasmitida, las personas aprensivas, no pierden ocasión de comer su carne. La sangre del toro la beben aún tibia, inmediatamente de degollarlo, con preferencia, la que fluye del pecho, porque están convencidos, de que con ella tendrán el vigor y la fuerza del buey.

A las comidas saladas atribuyen la propiedad de envejecer rápidamente; a las con escasa sal o sin ella la de dilatar la juventud.

El buho y la lechuza son tenidos como pájaros de mal agüero, y según se manifiestan hacen sus presagios. Cuando el estridente canto de cualquiera de los dos, se escucha en la noche, dicen que llama el alma de quien habita por donde pasa. Si alguna de estas aves fatídicas se cierne con sus alas obscuras y suavemente se posa en el techo, por una vez, que sobrevendrá desgracias a sus moradores, o que morirá uno de estos si lo frecuenta o hace por ahí su nido; si cae o tropieza con una persona, que afligirá muy pronto una epidemia a la comarca.

Como se dijo en otra parte, los brujos las domestican o disecan, para hacerlas servir en sus operaciones.