Durante el período colonial ambos servicios, el de chasquis y tampus, decayeron rápidamente, a causa de los abusos y descuido de los conquistadores, siendo sustituidos por el de postas.
Este servicio, tal como ha llegado hasta nosotros, consiste en que en los caminos principales y a la distancia de cinco leguas, más o menos, exista un tambo, servido por un maestro de posta ya mestizo o indio, que tiene a sus órdenes un determinado número de naturales, que se turnan anualmente y son enviados por las comunidades, a las que se ha impuesto tal obligación.
Los chasquis ya no gozan de las preeminencias, retribuciones y exenciones que tenían sus antepasados. Conocidos hoy con el nombre de postillones, desempeñan el rudo servicio de peatones y espoliques, mereciendo de los que los ocupan riguroso trato.
Los indios, a los que corresponde el turno, se despiden de sus familias, cual si fueran a una muerte segura. La noche antes de partir, hacen como Carlos V, sus funerales en vida, y al día siguiente todos sus parientes y amigos los acompañan llorando a voces, cual si condujeran un cadáver, hasta alguna distancia del pueblo, donde les hacen la cacharpaya, regresando de allí a sus casas.
Al ejecutar tales ceremonias, no pueden ser tachados los actores de exagerados. El servicio de posta, fué muy pesado para los indios. En los primeros tiempos de la República y en los posteriores, hasta hace un cuarto de siglo, los militares que llegaban a una posta, lo primero que hacían, apenas desmontaban de la bestia, era agarrar a sablazos, puntapies y puñetazos al indio encargado del servicio y después pedían lo que deseaban. El objeto era intimidarlos para obtener por ese medio todo gratis y no pagarles de ningún consumo ni servicio. En Bolivia, el militar ha sido hasta hace poco tiempo el opresor más cruel e inhumano que ha tenido el indio.
Contaba un militar envejecido en la carrera de las armas, que una ocasión llegó a una posta, en la que enfrenó y ensilló al indio encargado del establecimiento, por no haberle proporcionado inmediatamente la bestia y el postillón que necesitaba, a causa de que otros los habían agotado y, que hubiera montado en él, a no haberse presentado ese momento quien salvase del apuro al atribulado indio. El abusar de la mujer del postero, el dejarlo desprovisto de todo lo que tenía, el hacerlo caminar a la carrera delante de su caballería, el no aceptarle ninguna razón ni disculpa, y entenderse con él sólo a palos, ha sido el sistema que se ha seguido con esta desgraciada raza en aquellas casas.
II
El postillón, en los casos extraordinarios o cuando siente flojedad en los nervios, se pasa por los pies y pantorrillas grasa de vicuña y cree que con ese ingrediente restablecerá su vigor y se hará mas ligero.
El momento de partir sahuman las mujeres los pies de la bestia que ha de hacer la carrera y encomiendan al postillón a sus dioses penates. Este, parte tocando su bocina o pututu; en seguida cuelga a la espalda el instrumento y se pone en marcha. Cuando se halla en la cima de una altura o cerca de un poblado, descuelga el pututu y vuelve a soplarlo. Igual cosa hace cuando está próximo a la posta, en la que debe finalizar su corto y rápido viaje. Apenas llega se tiende de espaldas, con los pies levantados arriba y apoyadas las plantas contra la pared, y de esta manara descansa y restablece las fuerzas gastadas en el camino.
Los postillones que han cumplido su servicio, antes de abandonar la posta, hacen un día de verdadera fiesta y al volver a sus hogares creen haber salvado de una pesadilla y se entregan a nuevas borracheras.