El hombre posee a la joven soltera, casi siempre por la violencia; la fuerza y no la voluntad es la que prima en esos actos, sin motivar escándalo, ni atraer la cólera de los padres de la ofendida. Ninguna importancia dan a la virginidad de la mujer; por el contrario, la virginidad conservada por mucho tiempo, la consideran deprimente, como signo de haber sido despreciada por los hombres. Morirás doncella, dice la casada a la joven a quién trata de injuriar. La idea de llegar a la vejez y morir virgen, horroriza a la india: cree ésta que si tal cosa sucediera, su existencia resultaría, sin objeto e inútil. El amor, repiten, dignifica a la hembra, porque la hace cumplir su misión en la tierra, que es la de tener hijos y perpetuar la especie...
Semejante criterio proviene de la condición excepcional en la que está colocada la mujer en la economía doméstica, que le hace ver claro su destino. Desde muy niñas se crían en agreste libertad, dedicadas al pastoreo del ganado en campos apartados o desiertos, junto a varones que se ocupan de las mismas tareas, con quienes se establecen relaciones estrechas de compañerismo, que dan lugar a que, presenciando juntos el frecuente ayuntamiento de los ganados, sientan despertarse precozmente en su naturaleza los instintos sexuales, y excitados por la ociosidad y el trato familiar y libre, se vean impulsadas a satisfacerlos, estando aún en la adolescencia.
Además, nunca han considerado las mujeres, desde los tiempos precolombianos, que fuera reprensible el dedicarse a carnales entretenimientos, cuando están solteras y no tienen amantes que las cohiban hacerlo. «También sorprende, dice Lorente, su manera de pensar [la del indio] sobre la castidad de las mujeres. Tenían en poco la de las solteras y solía ser estimada en más la que había sido más licenciosa. Tal vez procedían así porque en las mujeres de trato libre, y estimadas por eso de la muchedumbre, creían ver mujeres hacendosas que les ayudarían en sus faenas. Lo cierto es que concediendo tanta libertad a las solteras, condenaban a muerte a la casada que era convencida de adulterio».[28] «Andan vestidos de ropa de lana ellos y sus mujeres—dice por su parte Cieza de León—las cuales dicen que, puesto que antes que se casen pueden andar sueltamente, si después de entregada al marido, le hace traición, usando de su cuerpo con otro varón, la mataban»[29]. Igual opinión tiene Garcilaso de la Vega, que dice: «Demás de esta burlería, consentían en muchas provincias del Collao, una gran infamia; y era, que las mujeres antes de casarse podían ser cuan malas quisiesen de sus personas, y las más disolutas se casaban más aina, como que fuese mayor calidad haber sido malísimas.»[30]
Debido a esa manera de pensar tradicional, la india casada o aynoni, es muy fiel a su esposo o ayno; en tanto que la soltera o huarmikkala es liviana, sin que ello sea un obstáculo para que se case. Con la chola ocurre lo mismo; se matrimonia después de haber tenido contacto con varios hombres. La diferencia está, en que la chola, si bien no tiene el concepto de la india sobre la virginidad, la cual, su pérdida la trasluce y la tiene a honra, cuando aún no es concubina o sipasi de alguien, tampoco es en aquella un inconveniente, para que no pueda contraer matrimonio[31].
Dividían las jóvenes o tahuakos, en cuatro categorías. A las hermosas llamaban paco-hakhllas; a las de mayor belleza, hanko-hakhllas; a las medianas huayrurus y al común de mozas, hahua-tahuakos.
El indio joven o huayna, que se ha enamorado de una joven y es correspondido por ésta a cuyo estado psicológico llaman huayllusiña, es decir, amarse tiernamente, para diferenciar del munasiña que significa quererse, pero en un sentido general, busca la ocasión para tener precisamente comercio ilícito con ella antes de casarse. Entre los indios el concubinato precede siempre al matrimonio. Y el concubinato lo inicia el varón obligando a la mujer a seguirle, con objeto de recobrar alguna prenda de vestir que le ha arrebatado al final de una entrevista. Es de uso entre ellos que la mujer vaya en pos de su enamorado sólo en este caso, siendo imposible que lo haga, sino ha ocurrido tal cosa, aunque esté ardiendo en deseos de hacerlo y nadie la coharte en su libertad. Conocedor el indio de esta costumbre, apenas nota que su enamorada cede a sus insinuaciones, le quita violentamente el sombrero o el manto y se aparta apresurado. La joven entre risueña y aparentando enfado va siguiéndole hasta donde aquél cree conveniente pararse y esperarla, que es en un sitio regularmente solitario y cubierto a las miradas indiscretas.
Cuando se disgustan, la mujer le echa en cara ese acto, diciéndole: yo no te quise, tu abusaste de mi persona por la fuerza, y me hiciste tuya contra mi voluntad...
Los padres del indio que trata de contraer matrimonio se dirigen a la casa de la novia, llevando consigo aguardiente y un atadito de coca. Después de manifestar a los padres de ésta sus pretensiones, les invitan el aguardiente que han traído, quienes si aceptan la invitación y beben el aguardiente, lo que efectúan tras de muchos ruegos, se suponen que asienten a la petición; si por el contrario, se niegan a beber, es señal de que la rechazan, retirándose en seguida en este caso. A continuación de las copas de aguardiente viene el atadito de coca que los peticionarios alcanzan a los dueños de casa; si lo reciben y abren, está resuelta favorablemente la petición; entonces, el padre de la novia toma algunas hojas de la sagrada planta y les alcanza a los padres del novio, expresándoles que sea en buena hora el matrimonio, que haya armonía entre los futuros contrayentes, y que lleguen a tener bienes y sea el hombre el que domine su comarca. Reparte a los asistentes algunas hojas más y después el resto se lo guarda para devolver la manta o tari, al día siguiente vacía y atada de un modo especial. En el inesperado caso de retractación, el envoltorio es devuelto tal como fué recibido.
La ceremonia de la petición, conocida con la palabra sartasiña, es común entre los indios y mestizos, con la diferencia de que estos últimos no hacen uso de la coca. Generalmente suele degenerar el acto, cuando avienen las partes, en una orgía desenfrenada, en la que los concurrentes no se percatan de embriagarse por completo ni de cometer acciones las más licenciosas.