En el nombramiento de padrinos cuidan mucho de que estos sean de moralidad reconocida, trabajadores y buenos esposos, porque suponen que sus ahijados seguirán sus pasos. Los padrinos, dicen, son como la luz que alumbra y guía a aquellos en el sendero de la vida y si esa luz es mala, forzosamente andarán mal. Aseguran que entre padrinos y ahijados hay una correlación mental, que no debe olvidarse. Los últimos imitan siempre a los primeros, o disculpan sus faltas con los de estos.

Hasta hace poco tiempo, acostumbraban los indios mandar a la casa del cura a las indiecitas que debían contraer matrimonio próximamente, con objeto de que se las instruyera en el rezo con algunas prácticas religiosas, las cuales, conocidas con la denominación de depositadas, lejos de aprender nociones de moralidad, eran corrompidas por el cura, que abusando de la candidez y sencillo espíritu de estas, las hacían víctimas de sus lúbricos instintos, cuando no las abrumaban con fuertes trabajos, por lo que, en buena hora, llegó a suprimirse tal práctica.

Verificado el matrimonio, se distribuyen entre los padres de los novios, éstos y los padrinos los días en que cada cual hará su estival. Regularmente comienzan los novios, siendo este día el celebrado con mayor solemnidad. A mediodía vienen todos los parientes de aquellos, entre quienes, los tíos y cuñados con el nombre común de laris, y los parientes de la mujer de tollkas[32], son los que se distinguen en traer consigo para obsequiar a los recién desposados, una o dos cargas de algún producto del país, o un cordero y aun un torito; obsequios que en su caso están obligados a devolver a sus favorecedores. Después concurren los aynis, comprendiéndose en esta palabra a los obligados a corresponder a los contrayentes con algún objeto o dinero, lo que en otra ocasión lo recibieron uno de ellos o de ambos. Conducen los aynis, dinero con el nombre de arcos, que varía entre diez, quince, veinticinco y treinta pesos fuertes, acondicionados en alguna fruta o charola bien adornada. Fuera de estos hay otros, que sin estar obligados traen sus arcos, con objeto de que les devuelvan los novios en su oportunidad, cuando tengan alguna fiesta, quienes se convierten, respecto a estos, en aynis. La deuda contraída en esta forma la consideran sagrada y es imposible que dejen de satisfacerla.

La finalidad perseguida con este sistema de entrega de especies y valores, sujetos a una devolución tardía, es dar a los recién casados, un corto capital, para que puedan subvenir a las múltiples necesidades del hogar que establecen. Los conductores traen sus especies al son de un tambor y pitu, o flauta indígena, cuyos agudos y alegres aires tienen por objeto principal llamar la atención del público.

Los novios permanecen en el día sin apartarse el uno del otro, ya sea que se encuentren sentados, hagan atenciones o se levanten a recibir los obsequios. Cuando uno de ellos siente alguna necesidad corporal, participa a su consorte; ambos acompañados de los padrinos salen fuera y después de llenar su objeto, regresan siempre juntos. La preocupación es que no deben separarse ni un solo instante para que así vivan en su nuevo estado y que la infidelidad no turbe con sus ásperos y disolventes sinsabores la paz y armonía del hogar que se forma bajo tan felices auspicios.

La fiesta que se desarrolla durante el día es bulliciosa y de excesiva embriaguez. Los más cuando llega la noche se encuentran en estado de no poderse tener ya en pie. El momento en que deben recogerse a dormir los novios, la madre del esposo conduce a su nuera o yojjccha, hasta el dintel de la puerta del dormitorio, desde donde se hace cargo la madrina. Al novio lo acompañan hasta el mismo linde, el suegro, y lo entrega al padrino, todos juntos, con un par de velas encendidas en la mano, penetran a la habitación, dan una vuelta el lecho nupcial, apagan las luces y mientras dura la oscuridad, dice el padrino, dirigiéndose a sus ahijados: Hijos míos, así como se han apagado estas velas, ha terminado vuestra vida libre de solteros, ahora otra luz, la luz sagrada del himeneo alumbrará vuestra existencia futura, si vosotros la alimentáis siempre con vuestro recíproco cariño, con el trabajo y la mutua protección que os prestéis, ella nunca se oscurecerá y seréis felices, sino Dios os compadezca.

En seguida prenden nuevamente las velas, se despiden los padres y demás acompañantes, quedando los padrinos solos con sus ahijados. El padrino desviste al novio y lo acuesta; la madrina hace lo mismo con la novia, después, recomendándoles que sean esposos ejemplares y tengan numerosa prole, se retiran cerrando la puerta por fuera. Junto a ella, los concurrentes a la boda hacen reventar cohetes y comienzan los hombres a gritar que el nuevo vástago que nazca sea varón, y las mujeres que sea del sexo femenino.

La fiesta se realiza al día siguiente en la casa de los padres y el tercer día en la de los padrinos. Prácticas son estas de las que no pueden prescindir, sin causar murmuraciones en la comarca.

Correspondiendo a los padrinos de sus afanes y gastos, los recién casados, cuando aquellos invisten alguna función pública, están obligados a visitarlos a medio año, al son de tambor y flauta, llevándoles algunos obsequios y haciéndoles beber ese día. Llaman este cumplido chicancha.

Las vinculaciones que se forman con motivo de los padrinazgos y compadrazgos, son fuertes en las clases populares, estando comúnmente obligados los ahijados a seguir las opiniones políticas de sus padrinos o compadres, o siquiera ayudarlos y servirlos cuantas veces estos se les exijan.