En las discordias matrimoniales, son los padrinos, los que intervienen para zanjar las diferencias que se suscitan y devolver la tranquilidad y armonía en el hogar de los ahijados, con sus amonestaciones autorizadas; si a pesar de los consejos se desquicia el matrimonio, los padrinos se enojan con el culpable y no vuelven a dirigirle la palabra y se constituyen en protectores de la inocente.
V
Desde el momento que la mujer del pueblo o india se compromete a ser concubina o se matrimonia con un hombre, cree que éste no sólo dispone de su persona sino también de su existencia. La chola y la india son por lo regular sobrias, laboriosas y económicas; se absorven en los quehaceres de la casa y cuando el hombre descuida el sostenimiento de la familia, ellas se arbitran recursos y con su diligencia, evitan que sus hijos perezcan de hambre; no se abaten en los trances más difíciles; miden las dificultades y las vencen mediante los esfuerzos de su poderosa voluntad. Sabia y previsora se muestra la Providencia al haber dado por compañera a un ser tan defectuoso como el cholo, una criatura abnegada y hacendosa como la chola, sin cuya cooperación sería imposible la subsistencia de la familia en esta clase.
Admirable es la resignación de la mujer plebeya para soportar las privaciones, causadas por la conducta disipada de su hombre, y las violencias y malos tratos que la prodiga, y cuanto más vicioso y violento es, mayor apego manifiesta por él. La chola prefiere siempre al peor entre los que se presentan a ser sus concubinarios; está en su naturaleza decidirse por quien no merece la pena de sacrificarse. Ella se compromete gustosa, con el mal entretenido, con el petardista, con el matón, y el soldado, por lo menos si produce en su ánimo la ilusión de la fuerza, del abuso y del mayor encanto masculino, antes que con el hombre de bien; prefiere una vida desordenada a las ventajas de un hogar normal. Es partidaria convencida de la unión libre, y cuando alguien le pregunta, por que no se casa, responde risueña: porque es mejor estar unida al hombre que se quiere por su propia voluntad y no por haberlo dispuesto el cura... De cien cholas, son casadas cuando más cuarenta, y de estas viven separadas de sus esposos la mitad. No dan gran importancia al matrimonio ni las atrae. El concubinato tiene entre las cholas mayor fuerza de vinculación, porque les representa la poesía de la vida, el triunfo del amor, causándoles por lo mismo, más respeto que el contrato establecido con arreglo a los ritos eclesiásticos o leyes civiles. Los casados se separan fácilmente, porque pronto se hastían con la rigidez moral, con el monótono cumplimiento de sus deberes y el prosaísmo de este estado, pero los amancebados con mucha dificultad. Están convencidas de que sus hombres tienen derecho de pegarlas, de darles malos tratos y de que las puñadas y puntapies, hacen parte de las caricias del amor. Después de una pelea, exclaman conformes: soy su chola: tiene mi amante derecho de pegarme, porque me quiere me pega, y condensan esa conducta brutal, en el conocido adagio: donde no hay makacu, no hay munacu, es decir: donde no hay palos, no hay amor. Lo raro en la chola y en la india es que las palizas producen el efecto de infundir en ellas un profundo cariño al esposo o al amante que las prodiga y hacerlas preferir cualquier sufrimiento antes que la separación.
Nacida la chola de la promiscuidad del blanco con la india, en esos momentos libres en que la fuerza de transformación étnica de la especie, hace olvidar toda distinción y miramientos impuestos por la cultura y triunfar los instintos animales, se distingue en sus ideas por la ausencia de concepciones morales, en sus sentimientos por el apasionamiento, en sus juicios por la parcialidad y en sus caprichos por el ardimiento con que los hacen triunfar a todo trance.
Ha heredado de la india su fortaleza y del blanco su audacia. Desempeña en la casa y fuera de ella, cuantas ocupaciones se le ofrezcan, sin arredrarse ante ninguna labor ardua, con tal de aliviar sus necesidades o las de su prole y ganar dinero. Ella es vivandera, mercachifle, tejedora, cocinera, lavandera, etc., etc., parece llevar sobre sus espaldas la carga de todo un pueblo, como dice un escritor chileno. Es por lo común de facciones toscas, aunque no faltan bonitas. Estos tipos agraciados suelen resultar de un feliz cruzamiento.
«Visten ordinariamente una falda roja, azul, verde o café, superpuesta sobre otras muchas que le hacen verse como si llevara bajo su ropa una crinolina. Estas faldas son cortas, llegan poco más abajo de la rodilla y dejan ver las piernas bien torneadas cubiertas por botas de caña muy larga y pretenciosa. El pie es breve, gordo, de empeine eminente. Sobre la cabeza llevan un minúsculo sombrero de pita, muy blanco y revestido de cierta materia que lo hace brillante. Dos trenzas descienden bajo de él, hasta las espaldas. Toda chola luce hermosos pendientes, joyas antiguas y rudas, en las cuales, viejas perlas albean con raros orientes. Sobre sus hombros ostentan chales multicolores, los unos rojos, o azules, los otros verdes o amarillos, los más de simple dibujo escocés, semejantes a los rebozos de nuestras mujeres del pueblo...
«En los días de fiesta su tocado es muy primoroso. Para entonces los chales de seda bordados de color celeste, lila o azul, las joyas macizas, las botas de seda rosa, las enaguas con encajes prolijos y costosos, y el jubón de felpa... Ella cree que el summum de la elegancia es vestir faldas abultadas, de colores fuertes y tan cortas que dejan ver la caña entera de las botas caladas y aún un poco de la media rosada o celeste».[33]
En su traje, que es una transición entre el vestido de la blanca y el de la india, descubre la chola su gracia decorativa, su amor a atavíos polícromos, que hagan más atrayentes las exuberancias de sus carnes sensuales y llenas de vida. Es coqueta por inclinación natural y frágil por temperamento; gusta agradar y ser cortejada, y cuando alguna vez ama de veras es de pasiones ardientes. Nada le importa atropellar con tal de poseer y vivir con el bien amado de su corazón. A sus hijos consagra los cariños más vehementes, y ninguna fatiga ahorra para criarlos y darles educación, por que después no se avergüencen de su origen.
Las cholas sobresalen, además, por su decir sin trabas ni pelos en la lengua. En las riñas tienen particular gracia para insultar a su contrincante en lenguaje pintoresco, recargado de figuras retóricas e ingeniosas que mueven más a risa que a disgusto cuando se las escucha.