La mujer en la familia india, sin embargo de que trabaja a la par de su marido, ocupa un lugar secundario, sin derecho para observar los contratos, o lo que hace éste. Supone que la intervención de la mujer hace que cualquier negocio salga mal. En una hacienda, cuando muere el propietario y queda el fundo a cargo de su viuda, los colonos comienzan a desalentarse y todos piensan, que se harán bajo ese dominio afeminados y cobardes. A la mujer no le conceden capacidad para dar un buen consejo, ni realizar con acierto ninguna cosa, y cuando notan que merced a ella han salido bien en un asunto, se desentienden y es imposible que el indio reconozca esa verdad. Más que compañera, sirve a su marido, como esclava; cultiva sus campos, mientras él pasa la vida entregado a indolente ociosidad o se alquila como jornalero; le prepara la comida y cría a los hijos. Cuando viaja, ella es quien va a pie, tras de su marido, caballero en el asno. Al incesante trabajo con que abruma a su mujer, se agrega el trato brutal que le da pegándola cada vez y con mayor rigor cuando está borracho, en cuyo estado la empeña de los cabellos, la golpea de la cara y cuerpo con mucha rudeza. Esta falta de benevolencia, lejos de entibiar el afecto de la mujer hacia su hombre, la hace encariñarse más de él, como se ha dicho, porque supone que los maltratos son manifestaciones del profundo amor que le profesa. El que no es celoso y no pega no tiene cariño, por su mujer, dicen, y temen más la indiferencia, que la consideran precursora del desapego y olvido que las zurras cuando alguien la favorece el momento que la está pegando su marido o concubinario, se molesta contra éste y generalmente le reprocha por su intervención.
El indio es implacable en sus celos y castiga duramente a su mujer cuando sospecha de ella. «Tienen sobre este punto, supersticiones singulares», dice Haenke. «Cuando van de viaje, curiosos de saber las ofensas que su mujer les hace, dejan en un paraje extraviado un montoncito de piedras, las que a la vuelta buscan con cuidado en el sitio que marcaron, cuentan las piedras y, si les faltan algunas, eso les indica otras tantas culpas en la consorte. Otros ponen, en algún agujero de pared o piedra un poco de coca mascada o trapo liado con ella, y si cuando vuelven hallan el trapillo fuera de su agujero y desatado es señal que les ha ofendido su mujer, y llueven palos y golpes sobre la desdichada».[34]
El indio es comúnmente monógamo, cuando tiene una mujer distinta de la propia, abandona a ésta o la mata, y vive con aquella. Los archivos judiciales registran frecuentes casos en este orden. Nunca cohabita con dos mujeres a la vez, ni sus facultades económicas le alcanzan para ello. Además, el indio que tal hace, es malmirado y aún repudiado por los de su clase.
El padre o jefe de la casa ejerce la patria potestad en una forma absoluta sobre los hijos, sin que la mujer tenga derecho para contrariar sus determinaciones. Los indios son tan apegados a su prole, que sólo se desprenden de ella, cuando no tienen con qué alimentarla, y mientras pasen los momentos de crisis, para después recogerla de cualquier modo. El hijo representa en la familia indígena un factor económico, ayudando a sus padres, desde tierna edad, en las faenas agrícolas y en apacentar el ganado, como en otra parte se dijo. Las viudas y solteras con hijos, se casan más pronto que las que no los tienen. Las mujeres que no conciben, son profundamente despreciadas por los hombres. La esterilidad constituye una verdadera desgracia en la india.
Entre las preocupaciones dominantes en los matrimonios indígenas, llama la atención la que tienen los recién casados, de no querer prestar dinero a intereses por más que lo tengan, bajo el pretexto de que siendo reciente su unión, apenas cuentan lo necesario para vivir. Mantienen la idea de que, dando ese capital a otros, lo que debían ganar los prestamistas en su nuevo estado, se los lleva un extraño. Al principio debe trabajarse, dicen, y sólo lo que se ha ganado debe darse a crédito.
Desgraciado del que quebranta este precepto: el marido se hará flojo y la fortuna se disipará sin saberse cómo.
A un hombre le duele la muela sin estar picada, cuando su esposa o concubina le es infiel.
El líquido proveniente de haberse hecho hervir un casco de mula, o que contiene raspaduras de este objeto, esteriliza a la mujer que lo bebe.
La mujer que acostumbra sentarse en las puertas hace mucho hablar mal de su persona.
No se debe prestar dinero, cobrar ni pagar deudas de noche, porque la fortuna huye del que lo hace.