El momento en que cae averiada o muerta una persona, a consecuencia del rayo, es imposible que nadie la auxilie; todos los presentes inmediatamente vuelven la vista y ninguno se atreve a mirarla siquiera. Mantienen la idea de que viéndola, se muere definitivamente, porque al santo no le agrada ser sorprendido el momento en que desciende a caballo sobre un individuo quien puede regresar en sí cuando no lo han visto.

Laikas es el nombre genérico de los brujos; pero, cuando tratan de diferenciar cierta categoría de éstos dan tal denominación al que se encarga de hechizar, de descubrir e inutilizar los maleficios y de echar suertes en todas circunstancias de la vida. Cchamacani (tenebroso) es una especie de nigromanta, que ejerce la magia, aplicando sus poderes al daño y a lo malo, a quien se atribuye por ello, estar en contacto con los espíritus perversos, evocando a los muertos, particularmente los manes de los ajusticiados y de los malvados. El Thaliri (que sacude) es el que la da principalmente de adivino, y se distingue por ejecutar sus operaciones cubierto de un poncho grueso, de burdo tejido, y de color negro, puesto en cuclillas, con los ojos cerrados aparentando dormitar o hallarse realmente dormido, o tal vez, en estado cataléptico. Sus respuestas son en voz débil, queda, cual si alguien les inspiraba sílaba por sílaba, palabra por palabra, hasta formular su pensamiento. Las tres clases se titulan hijos de Santiago y reconocen entre ellos ciertas jerarquías y preeminencias. Cuando el consultado o funcionante no puede absolver la pregunta o la cree de suma gravedad, se declara impotente y recomienda al cliente otro colega, según él de conocimientos superiores a los que tiene, y éste, si duda, lo manda al que lo supone de mayor jerarquía. Ha llegado el caso de reconocer todos ellos a un solo brujo supremo, que era quien salvaba, y en definitiva resolvía, consultas difíciles y consideradas de mucha importancia. Los lugares en que habitan éstos, que probablemente han debido ser afamados desde tiempos inmemoriales, o tal vez residencias conocidas de prestigiosos brujo, influyen para que se les tenga como a tales.

Se singularizan los pertenecientes a cada una de esas categorías, sólo en los asuntos de trascendencia o ante ofertas lucrativas con aparatos y solemnidades especiales; en la generalidad de los casos siguen procedimientos comunes.

Kamilis o Jampiris, llaman los pueblos del centro y sud de la República a los Gallahuayas, o a los que ejercen la medicina y hechicería a la vez, a quienes se les conoce también con la denominación de Yatiris o sabios. Este nombre lo emplean con preferencia a los de amaota, tocapu, chuymani, achancara-chuymani, apincoya, musani, chuymkihtara, que significan lo mismo. El Yatiri es siempre un hombre viejo, de experiencia, de consejo y de venerable aspecto: es el mago indígena.

Los indios, al revés de lo que ocurre entre los blancos, consideran a las mujeres incapaces de adivinar el porvenir, ni de descubrir los secretos de alguna importancia referentes a los hombres. El aymara tiene un profundo desprecio por la mujer y, en los únicos casos que la toma en cuenta es cuando se trata de asuntos relacionados con el amor sexual, o necesita de venenos, maleficios abortivos, o de remedios que produzcan la esterilidad. La hechicera no se entiende sino con esas consultas y cuando falla en sus previsiones, es objeto de los malos tratos de su cliente. Las que se dedican, son comúnmente, viejas andrajosas, de aspecto repugnante y entregadas al vicio de la coca o del alcohol. En hechicería, la importancia de la mujer queda muy atrás a la que se da al varón; en competencia con éste, es siempre vencida aquella. Santiago dicen, huye de la mujer y jamás ha llegado el caso de dotarla del don adivinatorio. Con semejante prejuicio su inferioridad en la materia, queda ejecutoriada para el vulgo.

II

Los instrumentos que acostumbra poseer el brujo se reducen a pedazos de soga de ahorcados, muelas o dientes de difuntos, calaveras, figuras de ovejas hechas de diferentes cosas, cabellos de muertos, uñas de tigres, sapos vivos o disecados, cabezas de perros, plumas de pájaros, lanas y caítos de diversos colores, muchas raíces, culebras, arañas y lechuzas domesticadas Según es la consulta, el brujo da alguno de esos objetos, hace actuar cualquiera de los animales domesticados. Generalmente ejerce sus funciones de noche y de preferencia cuando ésta es lóbrega, en una habitación silenciosa y apartada de la casa. La invitación la hace para una hora en que no puede ser visto por indiscretos o sorprendido en sus operaciones.

Alfombra la habitación con lienzos negros, coloca en el centro una mesa o un poyo de adobes, cubierto también de negro; pone encima un mechero con tres luces o tres velas de sebo, encendidas por la parte del asiento y colocadas cabizbajo. Algunas veces adorna las paredes con lechuzas y lagartijas disecadas, cuando estos objetos no están siempre ocultos. El brujo espera al cliente en la puerta, le introduce al interior apenas llega, cuidando de hablarle a media voz y poco, prefiriendo entenderse por señas y visajes. El misterio en todo y para todo, la mímica y el lenguaje de acción sólo dominan allí.

Coloca al interesado junto a la mesa, donde hay, además de las luces, montoncitos de coca, una botella de aguardiente y cigarros. Toma su trago y derramando antes algunas gotas al suelo, con los ojos entornados hacia arriba, musita ciertas palabras ininteligibles y enigmáticas. Convida al concurrente su brebaje, quien también derrama algunas gotas antes de beber y ambos mascan la coca y fuman cigarros, conversando sobre el motivo de la visita, averíguale con maña lo sucedido en todos sus detalles. En seguida le aconseja lo que debe hacer. Abre una olla, sacando de allí una lagartija adiestrada para lamer la mano de su dueño, o un sapo que croa al salir, o una araña en cuyas patas se fija, o hace graznar la lechuza, en una forma que responda a sus intenciones. En vista de lo que han hecho estos animales le dice que ha acertado en sus consejos. Si es cchamacani, invoca la presencia del diablo y después de haberse agachado hasta pegarse al suelo, le dice que traiga un ratón vivo o gato y cuando tiene presente al animal, le atraviesa en los pies con espinas para tullir a su enemigo, o le punza en los ojos para cegarlo, o le traspasa la cabeza para que se vuelva loco o demente. Otras veces le pide la orina de su enemigo, o el agua en la que se haya o hayan lavado su ropa, o algún objeto suyo, con ella hace su sortilegio y lo devuelve para que la vierta a su puerta. Tanto laikas como cchamacanis, emplean también con el mismo objeto, coca mascada, granos de maíz y distintas yerbas, o matan un cobaya, y en sus vísceras tratan de sorprender el secreto buscado, consultando los manes de los muertos. Los thaliris examinan las irradiaciones de los astros, las oscilaciones de las llamas en las velas o mecheros, el vuelo de las aves, fuera de que algunos son magnetizadores, fascinadores y aún ventrílocuos.

El brujo representa con mayor solemnidad la escena en que se propone hacer venir y actuar a Santiago en persona. Cita al cliente para la media noche y apenas lo tiene en su poder, le hace fumar cigarros, le da de beber aguardiente, le cuenta cosas pertinentes al hecho que motiva su visita, y, poco a poco, va sugestionándolo, va imponiéndose en su voluntad y apoderándose de su ánimo, hasta que, cuando cree haber legrado su objeto y de que ha llegado el momento oportuno de obrar, le manda repentinamente con tono imperioso, que apague las luces y que no resuelle siquiera. Ese instante asume el brujo un aspecto imponente, con los ojos que le salen de las órbitas, el cuerpo que le tiembla, y todo su ser que se estremece, cual si estuviera poseído por un espíritu diabólico. En medio del silencio profundo y la soledad que tiene algo de aterradora, siente de improviso en el recinto, un ruido metálico, que el asistente, sugestionado como se encuentra, cree ser producido por las áureas espuelas y jaeces del bridón del santo que llega; no dándose cuenta que el ruido es causado por la diestra mano del actuante que agita unos cascabeles acondicionados en hilos invisibles. Aprovechando de la credulidad ciega y absoluta que domina al sujeto hace, figurar a Santiago, saludándole en mal castellano, y dirigiéndole palabras incoherentes en su lengua, con voz cavernosa y tono impositivo. Ese efecto consigue el brujo acomodándose a la boca un instrumento de cuerno, hecho a propósito para producir sonidos extraños; y antes que su cliente se reponga, volviendo a su voz natural, le invita respetuoso, para que haga sus preguntas directamente al mismo Santiago. El que ha perdido sus corderos, le interroga: