«Señor, bendito señor, perdóname si te importuno: he perdido mis ovejas, ladrones desalmados me las han robado; en vano las he buscado, ¿parecerán? Dímelo, santo adorado; dímelo protector de huérfanos y defensor de desgraciados, con toda mi alma en tí puesta te lo pido». Y solloza el infeliz. El hechicero, fingiendo la voz contesta: Búscalas con más interés y las encontrarás, o tu vecino se las ha devorado; o están lejos y es imposible que puedas recogerlas.

Si la pregunta se refiere al robo de semovientes mayores, como mulas, burros, bueyes o llamas la respuesta suele ser: «Busca, rastrea un poco más y los ladrones serán sorprendidos porque no están muy lejos de tí; o ya no los hallarás porque han sido vendidos y conducidos a tierras lejanas, o devorados, si se trata de bueyes o llamas».

Otras veces se interroga: «Hace un año que mi mujer se encuentra tullida, postrada en cama, y me dicen las gentes que está embrujada, ¿con qué podré curarla? ¿Hay o no remedio a su mal?» Contesta: «Hay remedio; investiga el paradero del hechizo, que es un sapo, lagartija o gato, que tiene los pies atravesados con espinas. Apúrate en buscarlo, sino tu mujer morirá».

De antemano, para este caso, el brujo tiene dispuesto el animal. Después de pasada la consulta, recibidos nuevos obsequios y otra cantidad de dinero, descubre el objeto del hechizo y le arranca las espinas.

Por el estilo, suelen ser las preguntas innumerables y diversas, y las respuestas vagas, evasivas, ingeniosas o eficaces, según las condiciones económicas del cliente y el conocimiento que el brujo puede tener sobre las cosas consultadas.

Terminado el acto y antes de encender las luces hace retirarse al santo, repitiendo el mismo ruido que al presentarlo. En la crédula mente del indio que vino en su busca, queda la persuación de que se ha entrevistado con el mismo santo, por descorazonado que esté, y el hijo de Santiago bien pagado por su embuste hábilmente ejecutado.

La hechicera mestiza, al absolver las consultas que también la hacen, suele combinar los procedimientos indígenas con algunas prácticas religiosas. Por lo común, masca primero coca, dedicada la masticación al hombre que debe ser embrujado; después reza a las ánimas del purgatorio, o invoca a las condenadas en el infierno. Hace un muñeco o pinta una estampa con dos caras, una de mujer otra de hombre, le enciende tres velas, y les reza tres padre-nuestros y tres ave-marías a las almas solicitadas, y envuelve la estampa con un hilo que tiene tres nudos y en seguida conjura a las ánimas, diciendo: «yo os conjuro por el día en que nacísteis, por el bautismo que recibísteis, por la primera misa que oísteis, que hagáis que fulana o fulano ame y sea esclavo o esclava de la pasión de sutano o sutana». Con lo que se cree tener buen resultado.

III

El cholo y el indio se encuentran tan dominados por la idea de los sortilegios y maleficios, que todo lo que no pueden explicar o es para ellos misterioso, extraordinario, o sobrenatural, lo tienen por obra de brujos.