El día antes de la fiesta se reparten invitaciones para que concurran tanto a las vísperas como a la misa solemne que ha de celebrarse en la mañana siguiente, acompañándolas, para determinadas mujeres, consideradas meritorias y de respeto, bracerillos de plata, vulgarmente calificados de sahumerios, con la mira de que los traigan con carbones encendidos y alimentados con materias aromáticas, a fin de que el humo que hagan, perfume a la santa imagen, en su trayecto, de la casa al templo y en su regreso.

La víspera en la noche, acomódase la preste con su comitiva en el atrio del templo y allí les hace beber ponches y tazas de té con abundante alcohol mientras la música entona aires nacionales, truenan a menudo los cohetes y estallan fuegos artificiales.

A la misa concurre aquélla bien trajeada y adornada de joyas de oro, ocupando en el templo el lugar de preferencia. Terminada la ceremonia, se presenta al público llevando en las manos al Niño Jesús y sigue su camino a la cabeza de su comitiva en medio del humo aromático, que desprenden los bracerillos.

La preste apenas llega a la casa, es objeto de calurosas felicitaciones y enhorabuenas de costumbre. A continuación se destapan botellas y comienza el servicio no interrumpido de copas de licores alcohólicos. A las dos de la tarde, achispados y alegres, pasan a ocupar su asiento, junto a la larga mesa enmantelada limpiamente y cubierta de carnes friambradas, panes, tortas, pasteles, biscochuelos, galletas, pastillas de chocolate, confites y abundantes botellas de vino, pisco, cerveza, y toman las once o lunch, como se estila calificar tan copiosa alimentación. Al final del agazajo, nombran, por votación, a la persona que debe celebrar la fiesta al año entrante, e inmediatamente le colocan delante al Niño Jesús la aclaman y echan con mixtura y le ponen una banda tricolor. En caso de excusa o resistencia para aceptar el nombramiento se busca otra persona. Y, cuando nadie quiere aceptar, suelen traer una gran torta cortada en tajadas, habiendo introducido ocultamente en una de ellas el bastón del Niño y las distribuyen a los asistentes. Quien descubre en su rebanada el bastón, es elegida, ya no, según ellos, por acto humano, sino por el mismo Dios, lo que la hace aceptar el nombramiento sin titubeos, con cierta docilidad, que pone en claro, que el mandato concuerda con su voluntad y gusto. A raíz del hecho y sin dar tregua al entusiasmo y nerviosa agitación que despertara él, se forma la lista de las personas que se prestan a ayudar a la nueva preste con alguno de los gastos o funciones ya enunciadas, lista que se la entregan después de revisada y cuidadosamente enmendada.

Satisfechos los ánimos con la designación de la sucesora, y los estómagos con abundantes alimentos, regocijada la sangre en las venas con las bebidas, abandonan los asistentes la mesa y principia el ruidoso baile, el cual sólo se interrumpe para volver a ocupar de nuevo la mesa a la hora del yantar y ahitos de comidas y licores, regresan después a la sala del baile a continuar con la danza y el bureo hasta horas avanzadas de la noche.

Al día siguiente se presentan nuevamente los invitados del día anterior, ansiosos de comentar los incidentes que hubiesen sucedido en la noche y de repetir el jolgorio a pretexto de curar el cuerpo. Esta frase inventada y religiosamente practicada por los alcohólicos se ha convertido en la memoria popular en artículo de fe, que sirve de disculpa a los que se embriagan días consecutivos. «La mordedura del perro se cura con la lana del mismo animal», dicen estos y continúan desgastando sus fuerzas y sus organismos con tantas libaciones y placeres.

La noche del segundo o tercer día, acompañan a su casa a la nueva preste, llevando siempre al Niño Jesús, que es el encargado de presidir, en todos estos correteos báquicos, donde se reproduce el consumo de licores. De esta manera, en una y otra parte, siguen las gentes del pueblo derrochando su salud y dinero, hasta enfermarse de veras, y sólo entonces se pone punto final al pasado regocijo.

De prestes pasan también los indios, con la diferencia de que los gastos son menores a los realizados por el cholo, o a los que realizan en los alferazgos. La principal fiesta que demanda enormes gastos, es la de la Virgen de Copacabana, y, a quien desempeña la función de preste en aquella, se le tiene en mucha cuenta.

El interés de ser recompensado en alguna forma por la imagen religiosa festejada y la de darse importancia, influyen grandemente en los cholos, más que la devoción o algún ideal místico, el que ocupa lugar muy secundario en su ánimo y miras, para que no se arredren en aceptar y desempeñar tan honrosos cargos, así como impulsan al indio para ello, el deseo de divertirse, embriagarse a sus anchas, y el de satisfacer su pedantesca vanidad. Soy gente, pregona y repite en toda ocasión, el indio que fué alferez o preste, y desde que pasa su fiesta, anda orgulloso y orondo.

II