El nombrado, apenas lo aclaman el párroco y los asistentes, se dirige a su casa, conduciendo el guión de la iglesia, acompañado de su familia, compadres y amigos, y allí es felicitado y motivo de ceremoniosas atenciones, pasadas las cuales se disuelve el grupo. Desde entonces aquél no tiene otra preocupación que pasar bien su fiesta: trabaja noche y día, acopia víveres, hace sus viajes, se fatiga y suda incesante, todo por tener dinero y por que llegada su fiesta, se realice ella con pompa inusitada, de tal suerte, que digan en el pueblo que fué la más solemne y la mejor de cuantas se sucedieron en la comarca.
Próximo el esperado día, el alferez visita al cura, trayéndole regalos y sus derechos que suelen ser de diez a cuarenta bolivianos, que se los paga en el acto. La víspera obsequia ceras al templo y alguna especie al santo, lo que llama obra. Estos objetos son conducidos con gran ostentación, por individuos que se ponen en fila, llevando cada acompañante, colgada de la mano una cera adornada o en el regazo flores. El párroco los recibe en el templo, mostrándose muy ceremonioso y presumido; arreglan en seguida el altar del santo y visten a este con sus mejores ropas. Más tarde hace el clérigo las vísperas y después, en el atrio del templo o en la casa del alfarez, comienzan a beber licores, aunque sin excederse mucho.
Al siguiente día, desde la mañana, empiezan a servirse tazas de bebidas calientes mezcladas con abundante aguardiente, de tal manera que cuando llega el momento de asistir a la misa el alferez se halla achispado, pero no al extremo de no poder asistir a esa ceremonia religiosa, lo cual a suceder, habría causado gran escándalo en el pueblo. Asiste a la misa vestido de su mejor traje, y seguido de su comitiva. El cura lo coloca en lugar preferente y le presta durante su estadía en el templo las deferencias prescritas por el ritual. Si hay procesión lleva el guión y terminadas las solemnidades de iglesia, vuelve a su casa en medio de acompañantes, entre quienes nunca faltan el cura, el corregidor y demás funcionarios de la localidad.
Constituídos en la morada del alferez, se reanuda la borrachera interrumpida. Las copas de bebidas alcohólicas son vaciadas a menudo; el brevaje o ponche desprendiendo acre vapor de aguardiente, va siendo renovado en las tazas con frecuencia. Los aynis, se presentan a medida que pasan las horas, con arcos y obsequios de víveres. Con mayores o menores presentes, concurren también los tíos o laris y los tollkas o parientes y compadres y los que hacen su cumplido por primera vez. Al atardecer, el alferez con su cortejo de borrachos, sale en pandilla, a recorrer la plaza y mostrarse al público, haciendo rueda en las esquinas y constante rebullicio en todas partes. De regreso a la casa y durante las primeras horas de la noche se entregan los concurrentes a un furioso baile y a beber, en cada descanso o intermedio, tazas de bebida caliente, vasos de chicha, alcoholizándose al extremo de que, cuando llega la hora de dormir, todos, hombres y mujeres, se encuentran completamente embriagados, no faltando quienes se hallan roncando en sus mismos asientos.
Apagadas las luces, comienzan, los que holgar aún pueden, por apoderarse y poseer a las primeras mujeres que se les vienen a las manos y que las encuentran tan acaloradas y dispuestas como ellos lo están. Esto, que se conoce con la gráfica palabra de gateo, consideran las clases populares tan natural que nadie extraña ni se da por ofendido de ello. Ninguna idea de profanación al santo, cuyo día se solemniza, cruza por la mente de los actores y contiene su ejecución en esas bacanales litúrgicas. La fuerza de la costumbre, sostenida por una devoción sensual y desenfrenada, hace que esos actos sean de uso corriente y tengan el carácter de sabroso complemento a la fiesta religiosa. Al otro día, todos despiertan en sus propias camas, como si nada hubiera ocurrido durante la noche; repiten la diversión con más entusiasmo y mayores apetitos alcohólicos que el día anterior; y así siguen días consecutivos, hasta agotar provisiones, resistencia, salud y no poder ya más.
En la importante y extensa provincia de Chayanta, como en toda población de aborígenes, cada indio que valer quiere, está obligado a pasar la fiesta llamada de tabla, porque entre los naturales, quien no se encarga de esa celebración, siquiera por una vez, en el curso de su existencia, es despreciado por los demás y mirado como ser inferior a sus congéneres. Los curas han conseguido inculcar esta idea en el cerebro indígena con sus constantes prédicas y amigables exhortaciones. «Perro es y no gente, repiten con frecuencia y en cualquier circunstancia o acto público, quien no festeja al patrono de su pueblo». Los que han llenado tan onerosa función les apoyan, por egoísmo y deseo de no ser los únicos arruinados por la fiesta.
Finalizados los preparativos, como se tiene dicho, visitan al cura la víspera, llevándole sus derechos que son quince bolivianos, además obsequios de papas, pan, cebollas, trigo pelado y cordero desollado. El cura les da la propina o ttinka, consistente en una botella de alcohol y entrega al alferez el guión de la iglesia. Los indios se retiran borrachos de la casa cural, haciendo algazara y gritando por la plaza y calles, cer, cer con lo que dan a entender que se refieren al cerro de Potosí. Este cerro lo tienen como a su Achachila, aunque terrible para ellos y generoso para los blancos. Los recuerdos del período colonial, no se han borrado de la memoria de los indios.
Después de haberse llevado a cabo la procesión acostumbrada del santo, el cura presta su caballo al alferez, el que montado sobre él recorre por dos veces la plaza, vestido de general o coronel, con el guión en la mano y entre los relinchos y aclamaciones de los curiosos, música de los bailarines y el toque de campanas. Es necesario que caiga de su cabalgadura una o dos veces, para que con los golpes que recibe enardezca más y más el entusiasmo de la concurrencia, que, para mejor hacerlo, comisiona a uno de los suyos para que espante al rocin sacerdotal, con un pollo vivo que le entrega. De trecho en trecho, cuando el ginete no cae, desmonta de su cabalgadura y con los acompañantes se ponen a beber aguardiente y a bailar alrededor del guión. Terminado el paseo ecuestre, se retira borracho y magullado a su estancia, acompañado de sus cofrades. Las mujeres se encuentran obligadas a conducirlo cargado sobre sus espaldas, desde la salida del pueblo hasta su casa, alternándose las cargadoras, momento a momento y a medida que se cansan. Es el único gaje que goza el alferez, en pago de las muchas molestias y gastos que le han proporcionado.
Se denomina preste al individuo que ha manifestado su voluntad para celebrar el aniversario de alguna fiesta religiosa. Para el efecto el interesado, que comúnmente es una mujer obrera o chola, comienza por enviar uno o dos meses antes de la fiesta, tarjetas de recuerdo a las personas que se han comprometido a prestarle su ayuda o cooperación pecuniarias, según la lista formada en su oportunidad. Entre estas, las hay de diversas condiciones; las llamadas de foco, son las que se han encargado de costear cierto número de focos de luz eléctrica, lámparas o ceras, quienes al recibo de la tarjeta, envían la cantidad respectiva de dinero; otras que han anunciado que pagarán la banda de música, ya sea para la víspera o misa, también mandan su cuota las que deben abonar las vísperas, igualmente remiten la suya, la del sermón, el precio que ha de costar, y así cada cual cumple su oferta. Las que mayores sumas erogan entre estas colaboradoras, son las que se han obligado a cancelar al párroco la novena, trecena o quincena que hará rezar a los fieles, ya sea en la mañana o en la noche, por lo que son siempre dos las que se encargan. Estas convienen directamente con el clérigo y avisan a la preste para que asista al acto. En la mañana y durante la misa, se entrega a la preste una cera ardiendo, lo que la llena de satisfacción y orgullo, porque todas las miradas se dirigen a ella y para ella son todas las atenciones.
A las encargadas de esta parte del festival, así como a la que aspira a recibirse de preste y lo ha manifestado, les envían de visita la efigie de un Niño Jesús, en bulto, muy ataviado, con sombrerito y calzados relucientes de plata, traje de raso, adornado con bordado y alamares de oro, bastoncito de este metal, quien permanece en cada una de ellas dos o tres días, pasados los cuales es recogido con igual solemnidad con que se le trajo, habiendo quedado, con su presencia, cerrado el compromiso, con el sello de una imposible retractación.