Todo el que pasa por la puerta es llamado a participar de la fiesta. Se encuentran al servicio del establecimiento, por lo común, algunas jóvenes majas, encargadas de atraer varones, enlabiarlos, dándoles esperanzas de que cederán a sus insinuaciones y galanteos, a fin de que estos paguen los gastos del consumo de la chicha, para corresponderlas.

La chola cochabambina nace, por lo regular, en la chichería, crece, desarrolla y vive para la chichería; sus horas plácidas o tristes se desenvuelven allí y allí, después de una existencia borrascosa entrega su último aliento. «Ella es lanzada al mundo en condiciones de completa indefensión e impreparación para la lucha de la vida», dice un escritor nacional y continúa: «No exige ninguna escuela profesional. Ningún rol útil es abierto por la acción fiscal o municipal para hacer actuar las aptitudes de las mujeres de las clases trabajadoras sobre un plano de independencia, de producción y de dignidad. Las escuelas reciben a las muchachas en su infancia, las enseñan a leer, a rezar, a cantar y a vestirse de encajes y llevar flores para el día de exámenes. En seguida las echan a la calle. Después de ese florido paréntesis de la escuela, la muchacha del hogar obrero, entra de lleno en las rudezas de la vida ordinaria. Aprende a soportar las palizas del padre, toda vez que este se emborracha. Cuando ella misma no hace chicha y sirve de atracción a los parroquianos que al atardecer se recogen en las tabernas, va a buscar chicha en el barrio para que su madre y su padre se embriaguen. La vida es penosa, agria... Solamente las borracheras y el fandango sirven para amenizarla. Llegan los días de fiesta, los carnavales, los días de los santos. Detrás de las caras escuálidas de todos los santos del calendario, la gente adora a Baco, rollizo e inyectado. Baco es dios absoluto y esencial. El Baco nacional difiere mucho del sonriente Dionisio griego, fresco como un efebo, coronado de yedra y con los ojos verdes, brillantes de vida y seducción. Nuestro Baco no ha nacido como el dios griego del racimo de uvas, entre las alegrías de la vendimia y del aire libre. Surge de la taberna, a puerta cerrada, bajo el aire infecto y denso, entre los picantes y fermentos de la chicha. De este modo, el Baco cochabambino, es sucio e hirsuto. Su caballera es grasienta y su nariz colorada y velluda. Y así, en vez de las aladas ménades y bacantes, que rodeaban a Dionisio, nuestro culto a Baco, que es el culto nacional por excelencia, pide el sacrificio de la inocencia, de la limpieza, de la juventud, de la hacendosidad y de todas las virtudes femeninas»[36].

Pero ¡ah! ese culto al dios nacional, ha de ser difícil de arrancar por completo de las costumbres del cholo y del indio. El uso y abuso de la chicha está arraigado fuertemente en los hábitos populares. El procedente de la raza khechua, sobre todo, desespera por esa bebida, y en Cochabamba, rara será la persona que pase el día sin consumir siquiera un vaso de tan preciado líquido. Cuando mucho se les censura, lo hacen ocultamente.

Los moralistas, desde aquel célebre Gobernador Viedma, que apellidaba a la chicha asqueroso brevaje, no cesan de reprobar su consumo; sin embargo, a despecho de sus apasionadas críticas, sigue aumentando su fabricación y expendio de día en día. ¿A qué se debe esto? ¿Será que en la naturaleza humana existe una propensión invencible a buscar el agregado del licor, para enervar las penas o acrecentar las alegrías? Pueda ser que así sea; pero, de lo que no cabe duda es que cada nación, cuando tiene costumbres definidas, posee su licor propio: el alemán la cerveza, el francés el vino y el inglés el whisky. La chicha es el licor nacional de Bolivia, el único llamado a contrarrestar el consumo del alcohol y demás licores destilados, una vez que la elaboración, internación y expendio de estos se encuentra permitido, y de impedir por lo mismo, que el país se sumerja en un mar de alcohol, como teme el citado periodista.

V

La fiesta de la Invención de la Santa Cruz fué en tiempos pasados una de las más ruidosamente celebradas. Duraba tres días, siendo la noche del tres de mayo grande el entusiasmo y mayor el desenfreno de la muchedumbre. En la ciudad de La Paz, se desenvolvía ella en la región denominada antiguamente Cusisiñapata, altura para alegrarse, y después en Caja del Agua, con cuya denominación se conoce hoy, a donde afluían en las noches, las pandillas de disfrazados, bailando al son de orquestas entusiastas, poseídas de loca alegría, seguidas de un público que no lo estaba menos.

A media noche, en aquel sitio, todos los asistentes parecían atacados de locura colectiva y se entregaban a los excesos de la lubricidad, acicatados por el alcohol, la chicha y al amparo de extraños disfraces, donde femeninas enaguas ocultaban a un apuesto galán y la púdica doncella cubría con elegante frac o levita, la blancura impoluta de su cuerpo; donde frailes o clérigos aparentado el papel de robustas hembras hacían danzar a sus barraganas vestidas de hombres.

Era una fiesta dionisiaca realizada en homenaje a la Cruz. Caballeros, religiosos y plebeyos, en franca promiscuidad, dominados por la misma fiebre de divertirse, embriagarse y satisfacer sus apetitos sensuales, se sentían hermanos en aquellos fugaces momentos y bebían licores, danzaban frenéticos y se entregan a cuantos placeres les brindaba la ocasión propicia.

No era raro que la blanca y pudorosa niña, perteneciente a una casa de abolengo sonoro, se estremeciese amorosa entre los brazos de algún pobre, pero robusto gañan de su servidumbre y que el jefe de ella ofreciese rendido su corazón a su sirvienta, si bien tosca en sus maneras, de carnes frescas y turgentes.