Cuando las sútiles palideces del alba aproximaban por las plateadas cumbres del Illimani las parejas acopladas por la casualidad se separaban y las pandillas cansadas y en medio de las extridentes risas de las mujeres de los roncos gritos de los hombres, volvían a sus casas.[37]

En la ciudad de Potosí se realizaba otra fiesta semejante a la anterior en el fondo, aunque reducido a una clase social y distinta en la forma, denominada Phuna Cancha, también nocturna y consagrada a Baco y a Venus indígenas. «Las criadas y doncellas de labor—dice Brocha Gorda—se escapan atraidas por el imán de lo misterioso y lo desconocido, por el incentivo del peligro a que los inducía el demonio, desplegando a su vista todo un panorama de concupiscencia.

«Allí iban cuantas muchachas lograban tomar la puerta y se perdían generalmente en sus orgías las preciosas flores que hicieron decir a un poeta:

«Es de vidrio la mujer

y conviene averiguar,

si se puede o no poner

en peligro de romper

lo que no se ha de soldar»[38]

Igual vértigo de lujuria y embriaguez que en la fiesta anterior se apoderaba de los concurrentes a esta última, cesando su furor únicamente con la claridad del nuevo día.

Con la misma o mayor libertad desenfrenada se festejaba la Cruz en las demás poblaciones. Hoy la fiesta ha decaído por completo y de ella no se conserva en algunos pueblos sino la costumbre de dirigirse recíprocamente esa noche frases injuriosas, con el aditamento de Sihuay-sahua. Uno al encontrarse con otro le llama ladrón y en seguida repite, Sihuay-sahua, y todo queda remediado: es una especie de carnaval en que se insultan impunemente.