De conocimientos botánicos, les quedan los suficientes para darse cuenta de las propiedades de algunas plantas, y hacen uso de ellas en sus recetas, que unidas éstas en su aplicación al conjunto de supersticiones que emplean en cada caso, logran su objeto de conseguir la sanidad del enfermo, o la tranquilidad de quien se cree víctima de maleficios. Cuentan, que los callahuayas en sus viajes, van averiguando de los indios, que en el tránsito se hallan enfermos y cuando de ello se convencen y de que es rico el paciente, entierran cerca de la casa de éste, un sapo u otro animal apropiado, con el cuerpo maltratado o entorpecido en el libre ejercicio de alguno de sus miembros, con ligaduras o alfileres, y al siguiente día se presentan, cual si aportaran por casualidad e ignorando en lo absoluto lo que ocurre en la casa.
El enfermo y su familia, reciben la visita de éste, como presagio de buen augurio, e inmediatamente acuden a su saber. El callahuaya, después de muchos ruegos y halagos, accede en hacerse cargo del enfermo. Es entonces que da principio a sus operaciones, revistiéndose de toda la solemne majestad de un agorero. Se provee de una cantidad de coca, que coloca sobre el pecho de su cliente; en seguida le hace varias preguntas relacionadas con sus costumbres y enemigos que puede tener; a continuación, extiende en el suelo un paño negro, y sobre él derrama la coca, examina la forma en que han caído las hojas; sale afuera, mira el cielo y después de pronunciar algunas frases ininteligibles, manifiesta que el enfermo está embrujado en un animal y que él descubrirá el lugar en que el hechizo se encuentra. En efecto, después de nuevas manipulaciones y trebejeos, se dirige, acompañado de los de la casa, al lugar en que enterró el animal expresado, lo saca fuera, le desliga o arranca el alfiler, le cura la herida y predice la pronta sanidad de aquél, a quien le da de beber para mayor éxito, algún mate o yerba en infusión o le pone ciertos parches, con cuyos remedios y la impresión que ha recibido con el encuentro del sortilegio, queda sano el enfermo, y el callahuaya después de recibir su salario y muchos obsequios, se marcha satisfecho.
Antes de emprender sus largos viajes, penetran estos curanderos a los valles de Camata, de donde se proveen de yerbas y raíces, y hasta que llega el día de la partida, se entretienen en pintar de colores diferentes a varias de las últimas, y labrar de huesos manecillas y otros dijes extraños, que después venden a los crédulos, dándoles virtudes sobrenaturales. Aseguran, cuando ningún funcionario o persona ilustrada les ve, de que son talismanes para hacer amar u olvidar a quienes les soliciten su compra. Se jactan de poseer el secreto para tener fortuna y ser dichoso en la vida. La vez que son sorprendidos por la presencia de alguna persona sospechosa, cambian de conversación y al momento contestan a la pregunta de éste: «el secreto para ser amado por la mujer está en tener dinero. La plata es el verdadero huarmi-munachi...»
Otros aforismos que respecto al dinero tienen, son: «El creador de una fortuna es siempre un hábil y audaz estafador.»
«Las riquezas, casi en la totalidad de los casos, son en su origen, productos no del trabajo honrado, sino de la estafa.»
«El rico es un vencedor de los prejuicios sociales; el pobre un paria sujeto a ellos.»
«Los jueces, sólo castigan al estafador que se ha portado como un asno: al listo le lisonjean y aun se prestan a formar parte del séquito de sus aduladores.»
Cuatro días antes del Carnaval hacen una magnífica cabalgata, en la que campean las mejores mulas y caballos enjaezados con todo lujo. Las chapas de plata están esparcidas con profusión en las cabezadas, riendas, arretrancas y estribos de sus monturas. La espuela roncadora de plata, el poncho largo de rico paño y el sombrero del campesino de las pampas de Salta y Tucumán hacen del callahuaya un gaucho completo, pero gaucho de lujo.
Presididos por el Corregidor, a quien le calzan con espuelas de plata, salen a la campaña a recibir la porción de tierras que la autoridad reparte para su cultivo en ese año. Antes de emprender esta tarea llevan a su casa al más sabio de sus brujos. Los aislan en un cuarto, en el que colocan una mesa con tapete negro; sobre los cuatro ángulos de este mueble arden cuatro velas y en el centro hay una botella de aguardiente sobre un montón de coca. Hecho esto, el brujo empieza con sus exorcismos y conjuros en su dialecto callahuaya, que es muy diferente del khechua, que es su lenguaje común. Los ministros le presentan en seguida un costal de conejos vivos, colectados de diferentes casas. De entre éstos escoge cuatro para enterrarlos vivos en los puntos cardinales del terreno que se ha de cultivar, procurando ocultar este acto en las altas horas de una noche oscura. Después de embriagar completamente al Corregidor, lo vuelven del campo con mucha algazara y principian entre ellos las danzas y verbenas hasta después de la ceniza.
Los indios en pago de esa molestia, abonan al Corregidor una contribución con el nombre de chajjra-koco, que asciende, más o menos, a trescientos bolivianos. Además, le hacen varios obsequios de frutos del país y objetos raros que han traído de sus viajes.