Cuando tratan de tomar por esposa a una joven, comienzan por darles pellizcos en los brazos, entre halagos y obsequios que las prodigan, hasta que le quitan su anillo o alguna prenda de vestir a viva fuerza; dueños de alguno de esos objetos, se creen con derecho sobre la mujer y esperan una fiesta en la que las hacen embriagar y después se las llevan muchas veces cargadas sobre sus hombros, a guisa de fardos, acompañados de sus amigos. Por lo regular, la tienen a su lado el tiempo, llamado de prueba. Si la novia demuestra poseer cualidades ventajosas, el amante se casa con ella, y si no la devuelve a sus padres, previa indemnización pecuniaria, por su honor y pago de servicios, llegando ambas familias a convertirse en enemigas. Con ligeras variaciones estas costumbres son comunes en los indios.[42]

«Desde que termina la ceremonia religiosa del matrimonio, los parientes del novio llevan obsequios a la casa de la novia: leña, chuño, chicha y botellas de licor, artículos que son igualmente regalados por los parientes de la novia al novio. La tercera noche se celebra la ceremonia nupcial en casa de los padrinos del matrimonio. El varón al saludar a sus ahijados, les dirige en tono magistral estas palabras: Como esposos consagrados por la iglesia, debéis comprender que vuestra misión en la vida conyugal, es ejercer la suprema autoridad sobre vuestra mujer y sobre vuestros hijos. Sin ella seríais como el humo que se disipa al soplo del viento, y con ella seréis el padre de vuestros hijos y el marido de vuestra mujer. Para ejercer el poder que se os ha dado, recibid este látigo, que es el símbolo de la fuerza, de la razón y de la justicia, que lo usaréis cuando lo exijan las circunstancias. Y vos mujer, nacida para el dolor y el sufrimiento, inclinad vuestra frente en señal de sumisión y respeto al que es vuestro marido y armáos de la resignación que el deber os impone. Vais a recibir la lección del poder de vuestro marido, de ese poder que le dan el derecho y el amor. Entonces el marido armado ya del látigo fatal, lo descarga sobre la infeliz, que gime, llora y grita en medio de un círculo de espectadores, hasta que el padrino levanta la mano para que cese la flajelación. Terminada esta ceremonia bárbara y cruel, el llanto se cambia en risa y el dolor en placer al sonido de las guitarras que amenizan las danzas del festín.»[43]

El regalo de preferencia que se acostumbra ofrecer en las bodas que realizan los de la raza indígena, es de un gallo para la esposa y de una gallina para el novio. Representan estas aves para los indios, los símbolos de la potencia generatriz y de la fecundidad, que deben predominar en la sociedad conyugal que se establece.

Pasados algunos meses emprende el recién casado un viaje sin rumbo fijo ni destino señalado con antelación. Antes de hacerlo, se despide de los suyos embriagándose con ellos y encargando a sus augures y brujos que le vaticinen buen éxito. Parte a media noche y la mujer lo acompaña hasta dos leguas de distancia, de donde, llorando se despide y regresa.

El vestido de viaje del callahuaya se compone de un pantalón de paño azul, viejo, raído y con flecos en las extremidades inferiores; de un poncho largo y angosto, listado horizontalmente, por lo común, de blanco y colorado; sombrero de paja y sobre su espalda o bajo su brazo derecho, asegurada a uno de los hombros, una bolsa cuadrada, grande y de vistosos colores, de la que nunca se separa, porque constituye la divisa de su profesión de curandero. Ella está repleta de yerbas, raíces, cáscaras, semillas, etc., que son reemplazadas a medida que se venden y utilizan, estando todo ello en su interior revuelto y en desordenado maremagnum. Fuera de esto, conduce, algunas veces, dos o más burros cargados de provisiones y especies relacionadas con sus ocupaciones de herbolario y hechicero. Mientras dura su ausencia, que por lo regular es de tres, cinco, hasta diez años, la mujer acostumbra no lavarse ni peinarse, ni ataviarse con nuevos trajes; vive dedicada a sus labores agrícolas y quehaceres de su casa, guardando estricta fidelidad a su esposo ausente y excusándose en lo absoluto de asistir a diversiones y fiestas. Para el callahuaya tiene la fuerza de una convicción indiscutible, la idea de que la mujer siempre se asea y atavía sólo para parecer bien y agradar a los hombres, con objeto de atraerlos. La mujer casada, dicen, cuida mucho de su persona, en ausencia del esposo, cuando siente la necesidad de un amante...

Tienen un profundo conocimiento del corazón humano.

El regreso del viajero, que siempre debe coincidir con la fiesta de la pascua, es anunciado con anticipación. La mujer va a su encuentro hasta el río, situado a legua y media del pueblo de Curva, llevándole chicha y abundante comida. Si aquél acepta esos obsequios, es señal de que se encuentra satisfecho de la conducta que su consorte ha observado durante su ausencia; pero si se muestra serio y la rechaza, es prueba de que se halla disgustado con ella, por haber sabido alguna falta suya. Entonces la afligida esposa, le llora, le ruega, se arrastra a sus pies de rodillas implorando su perdón; si no lo obtiene y continúa el callahuaya implacable, no le queda a la infeliz más recurso que volver al pueblo y arrojarse de una altura, que se encuentra a dos cuadras de la plaza y que se llama Karka y morir embarrancada.

Los callahuayas son celosos, crueles y llevados de augurios. Las mujeres asesinan frecuentemente a sus esposos por celos; viven en habitaciones mal construídas, desmanteladas, frías y pobres. A los vecinos mestizos los aborrecen, porque los exaccionan despiadadamente; les ocultan sus mercaderías, y sólo las sacan y ofrecen al extraño. El lujo para ellos consiste en hacer llegar íntegra la tropa de mulas o mercaderías que adquirieron en sus viajes, y ostentar a las miradas de sus relacionados y paisanos. No son capaces de vender una sola cabeza en el camino, aunque les ofrezcan precios subidos.

Con el prestigio que gozan los callahuayas, de poseer facultades extraordinarias para descubrir el porvenir o las cosas ocultas, y de ser médicos acertados, son temidos por los indios, quienes les brindan todo género de distinciones, les alojan bien, les obsequian y jamás se atreven a sustraer nada de las abultadas y misteriosas bolsas que llevan consigo.

El baile usado por esta raza, es el que en otro trabajo hemos descrito con la denominación de cinta-kcaniris, o sea trenzadores de cinta.