El alma del que muere ahogado en algún río, lago o corriente de agua, sigue vagando indefinidamente por sus orillas y sitios próximos, o hasta que la deidad acuática compadecida se la lleva lejos.
Si del alma mantenían y siguen abrigando tales preocupaciones, el cuerpo del muerto era entre los antiguos indios, objeto de profunda veneración y en su homenaje se estableció un culto solemne, rendido constantemente por sus deudos, un verdadero y ceremonioso culto de familia. No tenían miedo ni deseo de alejarse de los cadáveres de sus antepasados; vivían junto con ellos, les llevaban en sus fiestas, viandas y chicha. En las vasijas y utensilios, con los que se habían inhumado se renovaban las provisiones y, en la piedra, que en forma de asiento se les había erigido, se hacían sacrificios propiciatorios. Los muertos se convertían en dioses lares de su familia.
A medida que avanzaba el tiempo, constituían esos restos reliquias sagradas; se les llamaba malquis y se les tenía como encargados de velar por el bienestar de su descendencia y por el progreso y acrecentamiento de su ayllu. Cuando por la acción de los años, se reducían en polvo y desaparecían, terminaban por adorar el cerro o sitio en el que habían acostumbrado acatarlos, creyendo que se habían transformado en ese cerro, piedra o río, los cuales se tornaban en Achachilas. «Tienen estos Malquis, dice Oliva, sus particulares sacerdotes y ministros y les ofrecen los mismos sacrificios y hacen las mismas fiestas que a a las Huacas y suelen tener con ellos los instrumentos de que ellos usaban en vida, las mujeres, usos y mazorcas de algodón hilado y los hombres, las tacllas o lampas con que labraban el campo, o las armas con que peleaban. En estos Malquis y Huacas hay su vajilla para darles de comer y beber que son mates y vasos; unos de barro, otros de madera y algunas veces de plata, pero para los yncas eran siempre de este metal y de oro»[45].
El indio tenía en vida una constante preocupación para que su eterna morada fuese construída de la mejor manera posible y recomendaba a sus parientes que pudieran sobrevenirle que nada faltase en ella después de su muerte.
Los conquistadores fueron los que trastornaron esas ideas y prácticas funerarias con su pronunciado temor a los cadáveres y su afán de enterrarlos lo más presto, en sepulturas abiertas en cementerios destinados a ese objeto. Sin embargo, al establecer la iglesia la conmemoración de los santos difuntos y rogar por las almas del purgatorio, ha contribuido para que el indio crea que se trata del culto de sus venerados muertos y por ello, sin omitir ningún sacrificio, manifiesta en todas esas fiestas o ceremonias, fervor y fanatismo por celebrarlas. Rogar por las almas del purgatorio y conmemorar a los muertos importan para el indio el restablecimiento, aunque de extraño modo, del culto a sus malquis.
II
El momento en que el enfermo se pone mal, los brujos y curanderos menean tristemente la cabeza y se declaran impotentes para salvarlo. «La enfermedad—dicen—ha penetrado hasta la médula de los huesos y es ya imposible arrancarla.» Las mujeres principian a llorar en silencio, los hombres quedan estupefactos y callados, y todos cuando andan lo hacen con la punta de los pies, cuidando de no producir ruido. Desde ese instante una tensión dolorosa se apodera del espíritu de los concurrentes, quienes ponen las caras compungidas, las miradas vagas y no cesan de repetir; «qué desgracia, qué fatalidad, tan bueno él...»
Cada uno comunica que la noche anterior hubo ruido en su casa, lo que quiere decir que el alma o ajayu del enfermo cumplió con la obligación de despedirse personalmente de los suyos, antes de apartarse de la compañía de los vivos para habitar con los muertos. Ya nadie confía, entonces, en que pueda vivir un día más.
Comienza la agonía, que para el indio significa la postrer lucha que el alma vencida por la enfermedad sostiene con el cuerpo, que trata de retenerla y correr con ella la misma suerte que le espera. El estertor del moribundo es el ruego ronco, triste y sollozante que le hace para que no le abandone a merced de la victoriosa, que libre de cortapisas y poseída de satánica alegría, le dejará en su ausencia la maldita simiente de gusanos que se propaguen en sus carnes inertes, con la pasmosa fecundidad que poseen y las destruyen. Más antes, cuando la agonía se prolongaba mucho, ahorcaban al paciente, con objeto de salvar el alma y que no se descomponga con el cuerpo, ni sufra mancilla ni desmedro, poniendo término a esa supuesta lucha, con la estrangulación. Este procedimiento considerado necesario y eficaz llamaban despenar al enfermo. Para expulsar la simiente de los muy prolíficos, y horribles gusanos y evitar que el cadáver se deshaga por completo lo embalsamaban y lo colocaban en actitud de descansar y ponerse en acción cualquier momento, con la mira de que estando así neutralizados los efectos póstumos de la dolencia, volvería su ajayu a ocuparlo cuantas veces quiera sacudir su inercia y darle movimiento. Ambas operaciones, fuertemente combatidas por los sacerdotes católicos y autoridades civiles, han caído en desuso. Al presente, los indios inhuman sus muertos, confiados en que la Pacha Mama, los recibirá en su seno generoso, para devolverlos al mundo, las ocasiones en que las almas tengan necesidad de cubrirse con su antigua envoltura.
Acaecida la muerte, rodean el cadáver los deudos y amigos, llorando de voz en grito y relatando en medio de lágrimas sus buenas acciones, para que su ajayu que se halla presente les oiga. Las mujeres se cubren inmediatamente la cabeza con mantos negros, los hombres se ponen ponchos del mismo color y tapan el cadáver con un lienzo ceñido en la parte del cuello.