En concepto de que el alma se halla siempre alerta, la persona que habla mal de un finado dice en seguida, por vía de satisfacción: que no la ofenda mis palabras ni le proporcione disgustos que la hagan penar.
Si a continuación o a poco tiempo del fallecimiento de una persona, muere algún caballo suyo, dicen que necesitaba de esa bestia para atravesar rápido el fúnebre camino que conduce a la otra vida y volver en él, cual negro y sombrío centauro, cuantas veces lo quiera; si es animal de carga, para trasportar sus cosas; si un buey, llama o cordero para dar banquete de llegada a sus amigos que le antecedieron y salen a su encuentro.
El ajayu, cree, que puede separarse del cuerpo aun en vida del individuo, mientras éste duerme o se halle distraido. Así cuando éste atraviesa a prisa y sin fatigarse una larga distancia, supone que su alma viajó antes por ese camino, allanando de antemano cualquier obstáculo o dificultad que pudiere quebrantar sus fuerzas o debilitar la actividad de sus músculos.
La leche se corta, cuando el alma de la cocinera la enturbia o descompone.
El indio abriga la idea de que en la conmemoración de los difuntos vienen las almas del otro mundo a ocupar transitoriamente sus cuerpos y contemplar, una vez más, con sus ojos a los suyos. Si el día llovizna o se presenta con fuerte aguacero, dice, que vienen llorando; si hace buen tiempo, bastante sol y la atmósfera se encuentra diáfana y el cielo azul, que están alegres y contentas. Entonces los vivos participan con gusto de la alegría de los muertos y sus ofrendas se las dedican satisfechos.
El alma del que ha sido victimado por alguien, suponen que persigue siempre a su matador: lo empuja hacia sus vengadores; lo atrae al lugar del teatro del crimen, si se ha alejado. El criminal está condenado a expiar su delito donde lo ha cometido. El cuerpo permanece inerte pero el ajayu es imposible que en ese caso quede tranquilo, cuando fué expulsado violentamente de él y clama venganza. El indio y el cholo, que han perpetrado un crimen, creen ver a cada momento y en cualquier incidente casual el tétrico espectro de su víctima, lo que suele tenerlos tan desazonados y violentos, que terminan por suicidarse; enviciarse al alcohol o repetir otros crímenes o entregarse a la justicia. La creencia popular mantiene la convicción de que el ajayu de la víctima no abandona a su matador y condensa esta idea en la frase alma huatan, o sea agarrando o apresado por el alma del occiso.
El indio que quita la vida a un semejante suyo, para librarse de esos inconvenientes, hace todo lo posible por extraer la grasa de la barriga del cadáver, untarse con ella las manos y llevar consigo un pedazo, creyendo que con eso evitará que el alma de su víctima venga a inquietar su sueño y a turbar su conciencia, fuera de que mientras permanezca el ingrediente en su poder nunca caerá en manos de la justicia. A la grasa humana le concede la virtud de resguardar al delincuente contra todo peligro. Otras veces, cuando la muerte que se ha dado a la víctima ha sido muy rápida, le cortan la cabeza, para que el alma aletargada, que no ha tenido tiempo para apartarse del cuerpo, permanezca en él y no condenándose se convierta el difunto en aparecido que persiguiera a su victamador por siempre. El indio entiende por condenarse el vagar furiosa y sin descanso por la tierra hasta conseguir su venganza. El condenado, tal como lo concibe un católico no tiene cabida en su imaginación. El alma para él, permanece en el mundo y no en el infierno.
El cuerpo del individuo destinado a fallecer pronto desprende olores en la habitación donde tiene su morada: desagradables si es de avanzada edad; soportables si es joven y aromáticos si es niño.
Siente percibir olor a sangre humana el individuo que está próximo a perpetrar algún homicidio o asesinato.
Para que muera una persona reunen sus cabellos con incienso y copal y poniéndolos sobre brasas los ofrecen al rayo.