La coca desempeña entre los indios el papel de un tónico poderoso y mientras continúen masticándola serán poco propensos a contagiarse de muchas enfermedades, según ellos creen. La extraordinaria resistencia para el trabajo, con que se distinguen, proviene del consumo que hacen de esa yerba. Cargados de pesos enormes, recorren distancias largas y por caminos escabrosos, sin más alimento que la coca.

La cocaína contenida en la coca, da lugar a una anestesia en el sistema muscular, que se traduce en la menor fatigabilidad de los músculos y en la anestesia del estómago, de manera que pueden pasar algún tiempo sin comer, es decir, sin hambre. Apenas el indio advierte un cambio de sabor en la papilla y que en su cuerpo se produce una sensación de fatiga, renueva la provisión de coca y muerde un pedacito de la llujtta que llevan y se restablecen inmediatamente sus fuerzas decaídas.

La coca es la panacea del indio.


Capítulo IX
Prácticas funerarias

I.—Idea que tienen los indios y cholos del alma y de la muerte; ciertas creencias referentes a los difuntos, a los que han sido victimados y el culto de los muertos.—II.—Deferencias al moribundo; velorio, entierro, los últimos gastos y los ocho días.—III.—Deberes que se tiene con los muertos. La fiesta de los difuntos. Los columpios de Cochabamba; sinceridad de estos regocijos.—IV.—Motivos por los que se festejan a los que dejaron de ser.—V.—Algunos dichos supersticiosos.

I

La muerte entre los indios, ya lo hemos dicho, es la separación del último resto, sin duda resto de suma importancia, del ser que animó la materia que va reunirse con las otras partes que se le adelantaron; porque el alma indígena o ajayu, tal como la concibe el aborigen, es un ente plástico, susceptible de dilatarse, esparcirse en todo lo que se desprende o ha usado el organismo humano al que pertenece, para después de la descomposición de éste, contraerse y condensarse en un conjunto invisible, misterioso y sutil, que vuelve cuantas veces lo requieren las circunstancias, al cuerpo de donde se desligó, dándole nuevamente movimiento y existencia, aunque transitoria y visible sólo para quienes debe serlo. A este aparecido le atribuyen que discurre, come, bebe, habla, llora, canta, ríe, visita a los suyos, se lleva al otro mundo a los que conceptúa necesario arrebatarlos de la tierra; frecuenta los sitios a que solía asistir habitualmente en su vida mortal; vela por sus parientes y por su comunidad, ahuyentando las desgracias que pueden sobrevenirles, conjurando los males que les amenazan y oponiéndose en toda ocasión a la nefasta obra de los espíritus adversos a sus protegidos. A eso se debe que antiguamente acostumbrasen embalsamar los cadáveres con esmero, arropándolos con vendas y envolturas tejidas de paja y acomodarlos sentados en túmulos de fácil acceso, con sus útiles, alimentos y bebidas, para cuando el ajayu regresase a su cuerpo no sufriera la falta de nada, ni nada dificultase sus andadas y acciones póstumas.

Alguna vez, cuando el indio cree sentir el eco débil de un suspiro, gemido, llanto en el silencio de la noche, supone que proviene del muerto o muertos que se lamentan por los infortunios que sufren sus parientes o su ayllu; si es de risa, que se alegran de sus dichas. Se halla convencido de que los muertos nunca abandonan a los vivos, ni les hacen faltar su sombra protectora o sus castigos si los merecen; y de que aquellos son los verdaderos vengadores de las injusticias que cometen con los suyos.