En la habitación invita el doliente, asado, con panecillos de harina de quinua, conocidos, con el nombre de aquispiña, y chuño cocido. Traen la sartén con manteca tibia para que cada concurrente, se pase con ella la palma de la mano, a fin de que las penas sean ahuyentadas. Permanecen hasta el amanecer, teniendo los compadres la obligación de doblar las campanas en la noche.
Al día siguiente a la hora señalada asisten al templo a oír la misa de requiem, celebrada en sufragio de la alma del extinto, y de vuelta de ella, convida a los que le acompañaron la noche anterior a celebrar los ocho días, siendo práctica establecida de comenzar la fiesta, tomando cada cual tres hojas de coca del montoncito que ponen en el centro del cuarto.
En medio festín, cuando los ánimos exaltados por las bebidas alcohólicas han desterrado la pesadez del duelo y se ha hecho imposible la gravedad, de improviso cesan los lloros, y las fisonomías se tornan de tristes y serias en risueñas, apenas uno de los asistentes, que hace de faraute, toma un instrumento músico, que en esas circunstancias suele estar siempre a la mano, y exclama con autoridad: el finado era alegre y hay que recordarlo ahora, como a él le gustaría si estuviera vivo y comienza a tocar y cantar, invitando a los presentes a que bailen. Desde este momento la danza y los cantares reemplazan al llanto de la viuda y de los hijos, cuyos ayes sólo se escuchan de cuando en cuando y en los instantes de silencio, pero proferidos más por fórmula que por verdadero dolor. En estas gentes la muerte no les impresiona y la conformidad muy pronto ahuyenta el pesar que pudieran sentir. «¿Acaso—dicen—los que quedamos no hemos de seguir el mismo camino? ¿Por qué suicidarse con lloros si se puede aprovechar de la ocasión para hacer grata, siquiera un momento, la amarga vida? El que muere descansa, mientras que el vivo se queda a sufrir y es él verdadero digno de compasión...»
Débese a que profesan esta filosofía que no cause extrañeza a nadie tal proceder y que sea, por el contrario, aplaudida la conducta de los dolientes, por haber fomentado esa fiesta, que para los clases populares significa comenzar a ejecutar bien los deberes con el difunto, empleando los dineros correspondientes al fondo llamado de los últimos gastos, que muchas veces suele consumir la herencia de los vivos, quienes se conforman del resultado con repetir el dicho vulgar, de que la plata se hizo para gastarla...
III
La familia en cuyo seno ha fallecido alguno de los suyos, que por sus méritos y edad merecía respeto y consideraciones y que se la designa con el calificativo de junttu amayani, o sea con cadáver caliente, está obligada a erogar los últimos gastos a su memoria durante tres años el día de la conmemoración de los difuntos; sobre todo, el primer año debe ser el más solemne y costoso. Esta costumbre llamada de hacer rezar, constituye una obligación rigurosa, de la que nadie puede prescindir, sin dar lugar a las acervas censuras y aversión de cuantos se encuentran al cabo del asunto.
Desde meses antes al dos de noviembre se preparan los dolientes para celebrar dignamente su fiesta fúnebre. Acopian víveres, se proveen de licores y mandan a trabajar panecillos de maíz y trigo, que tienen figura de aves, animales y niños, dando preferencia a todo aquello que era del agrado del finado, para que su alma esté contenta al ver que se le hace rezar con lo que le gustaba en vida. Compran abundante fruta y llegado el día esperado, se dirigen al cementerio llevando gran parte de las provisiones. Colocan cerca a la tumba de su difunto una mesa cubierta con un lienzo negro, encima unas cuantas ceras que arden, un crucifijo, y llaman a cuantos pasan, para que recen por su finado, alcanzándoles antes en un platillo, algunos panecillos con una copa de vino al centro, o sólo fruta; como son tantos los invitados apenas tienen estos tiempo para beberse el vino y vaciar en sus bolsillos los objetos servidos, y después de mascujar rápidamente alguna oración, siguen su camino, a fin de dar campo a otros. Iguales ceremonias se efectúan en la multitud de mesas esparcidas en toda la superficie del cementerio, de tal suerte, que el murmullo de los rezadores, se asemeja al ruido de un avispero, en el cual, los responsos cantados por los sacerdotes, son las únicas voces que sobresalen en aquel bullicio.
Los indios practican la conmemoración de de sus difuntos en dos ocasiones; la primera en octubre, presidida por un párroco. La fiesta es costeada por los indios destinados al efecto, que son los amaya huaraninakas, es decir, que tienen la vara de autoridad para festejar a los muertos. Estos se encargan pagar las misas dedicadas a los difuntos, en general, y antes de que se celebren ellas se constituyen a primera hora del día señalado, en el lugar del cementerio donde está la fosa común y extraen de ella una media docena de cráneos, que son luego adornados, con pan de oro o plata, o con papeles dorados y puestos en la capilla en lugar adecuado y preferente. Terminada la misa en la que las calaveras reciben especiales atenciones del oficiante, son conducidas en andas y paseados en procesión. Pasadas estas ceremonias religiosas y la tanda de responsos los cráneos son colocados en la casa del huarani principal y festejados en medio de una gran borrachera, y al día siguiente restituidos al lugar que ocupaban en el cementerio. Vueltos de aquí, se entregan al baile durante el día y el siguiente lo convierten en una desenfrenada orgía. Este día que es el tercero de la fiesta, despiden a las almas, que han venido a presenciar los homenajes que les tributan y alentar a los vivos para que se reproduzcan y hagan que la raza no se extinga, como dicen los indios, terminando ella con una excursión al campo a distancia de la capilla, donde cometen mayores excesos que en los anteriores.
La segunda vez festejan a los muertos el dos de noviembre, fecha en la que se reunen en el cementerio, los que tienen algún pariente muerto en el año trascurrido y ofrecen panes, granos, fruta, comida y demás ofrendas en cambio de una oración para su difunto. Al día siguiente, que es el más solemne, se repiten allí las ofertas, las oraciones y responsos en grande escala.
Del cementerio regresan los que fueron a hacer rezar, y los rezadores embriagados a continuar en sus casas la fiesta fúnebre con más calor y entusiasmo. En las noches, los mestizos formando pandillas de bailarines salen a divertirse en la plaza y calles. Al siguiente día de la conmemoración de los difuntos se dirigen a las afueras del pueblo a repetir en pleno campo el baile y holgar de la mejor manera posible. Una alegría frescosa, viva, natural e intensa se apodera de los corazones al traer a la memoria a los que dejaron de ser.