En los pueblos de Cochabamba, las comparsas que se constituyen en el campo, arman además un columpio o huay llunkca, cada una, asegurada a las ramas de árboles altos y firmes, al que suban las mujeres por turno, con preferencia las jóvenes, a mecerse veloces y a gran elevación. Con el raudo movimiento y gozo que experimentan con el aéreo ejercicio aparecen atacadas de inspiración poética-epigramática, pues, con rara facilidad e ingenio dan por describir en verso el traje, la traza, el porte, o mencionar las acciones íntimas de los concurrentes, espectadores o se dirigen a las que se encuentran en iguales situaciones en columpios próximos, con quienes se entablan un cambio de alusiones satíricas y de color subido, causando la hilaridad de los oyentes. Estas improvisaciones las hacen cantando y terminando cada dicho con la palabra expresiva y tonadeada de huipaylalita. Después de una actuación de cuarto de hora, más o menos, bajan a tomar chicha, bailar y recibir las felicitaciones de sus compañeras, si se han portado con lucidez, y suben otras a reemplazarlas, renovándose a menudo las columpiadoras. A la que no quiere improvisar coplas ni cantarlas la agitan con tanta violencia, que la obligan sin remedio a llenar su cometido de amenizar la diversión con tales actos. En la noche regresan en pandilla los grupos, al son de animadas orquestas, entonando siempre, cantares alusivos, que son actos lanzados rápidamente, contra los dueños o personas que viven en las casas por donde pasan bailando. Regocijos son estos, que los realizan en obsequio de las almas, con ánimo de despedirlas o de hacerles cacharpaya a fin de que se retiren satisfechas a la mansión eterna, y que suelen durar cinco o seis días, y aún más tiempo después del día de finados.

En la mayor parte de los pueblos de provincia de la República, la fiesta dedicada a los muertos es más celebrada y de mayor excitación que la del carnaval. De semejante costumbre no se excluye ninguna clase social provinciana, porque ella se encuentra muy generalizada entre blancos, mestizos e indígenas, aun de las ciudades. Estos factores étnicos, cuando se codean con los muertos; cuando junto a las sepulturas se alegran parecen hallarse en un centro conforme con su carácter sombrío y sus pensamientos, encaminados hacia lo tétrico y a las extrañas expansiones que guarden consonancia con su índole pesimista.

IV

El segundo año, la fiesta es menos solemne y el tercero débil y poco entusiasta. Terminados los tres años quedan satisfechos los celebrantes, descansando con la conciencia tranquila de haber cumplido, sin omitir ningún sacrificio, las obligaciones que tenían con su difunto.

En la mente popular, no tiene cabida la idea de que con esos actos, se profana la memoria de los muertos. Estos, dicen, siguieron en vida la misma costumbre con sus antepasados gozaron y bailaron al recordarlos. A su vez, los antecesores de aquellos, practicaron lo mismo, con los que les precedieron, y así ha sido y continúa siendo la humanidad. ¡Hipócritas son, repiten, los que no aceptan esa herencia ancestral y se escandalizan porque los vivos hagan fiesta a nombre de los muertos, estando el alma de estos presente en su conmemoración!...

La creencia en la supervivencia del alma y de que la vida vuelve a circular en esa ocasión bajo las mortajas de los muertos que se recuerdan, influye para que prosperen tales ideas. El cadáver nunca causa miedo ni es motivo de repulsión para el indio, quién sería capaz de dormir junto a él o encima de la fosa donde se halla sepultado sin temor alguno. Le tiene, sí, respeto y lo venera a su modo el día en que supone que ha vuelto su alma. Se alegra, porque, confía en que viene a visitarlo, a ver lo que hace y en qué condiciones de fortuna y bienestar se encuentra. ¿Cómo, exclama, recibirlo con lágrimas, cara triste y estúpida? Contrariamente a la religión católica, que conmemora a los muertos con misas vigiladas, con tétricos responsos, que adorna las tumbas con figuras de búhos, lechuzas y esqueletos, los indios proclaman en esas circunstancias el placer de vivir y, muéstranse contentos de que las almas de los suyos aporten a sus hogares.

Tal vez tengan razón. Si el ajayu del muerto, sigue viviendo en el eterno cosmos y volviendo, de cuando en cuando, como supone el indio, a ocupar la envoltura que abandonó en la tierra, ¿a qué desesperar y cubrir la cabeza de luto y el rostro de negra melancolía, la vez que viene y se le tiene presente? Las clases populares, particularmente las mujeres, concurren al cementerio ataviadas con sus mejores prendas de vestir y cubiertas de valiosas joyas, no para ostentar a los vivos, sino para que las almas de sus muertos, las vean y se convenzan de que la miseria no ha invadido los hogares que dejaron, y de que la dicha continúa teniendo sitio en sus corazones. La tristeza, piensan, apena más al que viene ese día que al que la sufre. Embriagadas, lloran no porque sienten de los difuntos, sino porque les viene a la mente las buenas acciones de estos en contraoposición a sus padecimientos y desgracias actuales, y entonces, les hacen cargos directos, diciendo: Desde que me falta tu presencia, querida, desde que no veo ya tu rostro inolvidable, ni siento tus pasos acostumbrados padezco sin consuelo las mayores amarguras. La vida contigo era feliz, sin tí sólo es de pesares... Dirigen reproches a los muertos, les hablan les ruegan, con palabras dulces y cariñosas, cual si realmente estuvieran presentes: es el aparente coloquio de los vivos con las almas sugerido por las costumbres y exteriorizado por la influencia alcohólica.

Es a cuanto se reduce la manera de pensar indígena sobre cuestiones de ultratumba.

V

El titilar de los párpados se produce cuando algún pariente tiene que morir.