Mientras hablaba, la estaba yo mirando, y compadecía con todo mi corazón a la pobre Luciana, obligada a hacer un lindo retrato de tal cara.
La Marquesa siguió diciendo:
—No puedo despedir a esas señoras de un momento a otro, como a criadas; tienen derecho a miramientos y las haré estarse aquí hasta final de verano, como estaba convenido. Pero rogaré a Luciana que no se ocupe de mí.
—¿No teme usted que se ofenda?
—Yo doraré la píldora... e inventaré pretextos. Además, está muy ocupada con sus coqueteos para pensar en otra cosa... Mire usted allí a Lautrec, a su lado. Se diría que está a sus pies... No sé, realmente, lo que tiene para embrujarlos así.
—Es muy guapa.
—Sí, no es fea... Hay, sin embargo, otras que valen lo que ella... Usted misma, querida.
—¡Oh! señora...
—Vale usted lo mismo, en un género más delicado. Máximo dijo el otro día que tiene usted un delicioso tipo de virgen. Y Kisseler añadió: «Una virgen que haría condenarse a todos los santos.»
No se escandalice usted, querido señor cura; en este país se habla de todo así, en broma.