La Marquesa se reía y se extasiaba por el ingenio de Kisseler y por sus graciosas salidas. Yo estaba encarnada como una puesta de sol, y muy contenta, lo confieso, al saber que Máximo me encuentra bonita. ¡Quisiera tanto gustarle!
El mal humor de la Marquesa se ha ido disipando poco a poco y ha acabado por convenir en que la presencia de Luciana en su casa es un gran atractivo para los amigos.
—Lautrec no hubiera venido a pedirme de almorzar esta mañana si hubiera estado yo sola—dijo en tono melancólico.
Y, al ver que yo iniciaba un gesto de política protesta, continuó:
—La juventud atrae a la juventud... No digo yo que, en mis tiempos... En fin, esos tiempos han pasado, bien lo sabe usted, aunque su buena educación le impida decirlo... A la edad de usted, una persona de... de...—Buscaba un número de años verosímil, y no encontrándolo a su gusto, acabó de este modo:—una mujer de mi edad me parecía un ser antidiluviano... enteramente inútil en este mundo... Después, las ideas se ensanchan... Yo hago justicia los encantos de la juventud, aunque prefiero un poco más de seriedad y de madurez... No olvide usted decir a su padre que cuento con él para comer. Usted lo acompañará necesariamente.
Cuando me retiraba, me volvió a llamar:
--- No tema usted por Luciana; no le diré nada desagradable, aunque retiraré mi cabeza de entre sus manos crueles. Hasta muy pronto, hija mía.
En el jardín seguía el señor Lautrec afilando lápices a Luciana, que ya no dibujaba.
La de Grevillois, en la ventana, clavaba asiduamente la aguja en el cañamazo.
Las avispas zumbaban en los espliegos y el sol reía en mi corazón; era feliz y pensaba cómo se aclara el porvenir y cómo se despeja y se allana ante mí la vida, todo esto porque sé que no disgusto a Máximo.