—Ciertamente... Pero es humillante preguntar a esa gente, porque parece que ignora uno la gramática. Los La Fribourgére son nobleza de toga, y de toga muy corta... Mientras que los Olmutz, ¡diablo! esos son otra cosa; nobleza de espada. Su casa remonta al siglo xii, tachada solamente por un matrimonio desigual a mediados del xiv.
Evidentemente—dije con convicción;—un parentesco así es honroso.
Y después de excusarme diciendo que mi padre me esperaba, separé vivamente el hombro de su larga y blanca mano y me eché a correr.
Es tan corta la distancia entre la «Villa del Lys» y la nuestra, que mi padre me permite ir y venir sin escolta, y yo no abuso, se lo aseguro a usted, señor cura.
Aquel día, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi contento, pero esos excesos no están en el programa e invité a mi alegría a no salirse del camino recto.
¿Y sabe usted, señor cura, por qué estaba yo tan alegre?... Porque Máximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... ¡Qué horrible vanidad!
Y por mucho que trato de ruborizarme de vergüenza, la verdad es que estoy contenta.
¡Impenitencia final!
Elena al Padre Jalavieux.
Tiene usted mucha razón, mi buen señor cura, y su sermón ha venido muy a propósito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de prudencia en mi corazón.