Mi padre se lo llevó en seguida e hizo que le sirvieran una cena.
Me quedé sola, cerré los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y me quedé dormida. Cuando desperté era de noche, y por la ventana abierta oía la voz de mi padre en el jardín y el ruido de sus pasos algo pesados sobre la arena. No sé qué ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver la cabeza, y, en la obscuridad, adiviné, más que vi, a Máximo a mi lado.
Cuando vio que estaba despierta, me apoyó dulcemente la mano en la frente y me dijo:
—¿Le duele a usted aún?
—Casi nada; pero ¿por qué está usted ahí en la obscuridad, en vez de pasearse con mi padre y el médico?
—¿La contrarío a usted?
—Siento que no goce usted de esta hermosa noche.
—El tiempo me ha resultado agradable de este modo.
—¿Ha dormido usted también?
—No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje; cuando la traje a usted de Quimper a París. Estaba usted dormida y gruesas lágrimas permanecían inmóviles en sus mejillas, mientras grandes suspiros espasmódicos la agitaban de vez en cuando, como los de una niña castigada. ¡Era usted tan débil y tan pequeña! Y yo sentía que no lo fuera usted más... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas para consolarlo.