—Y me cubrió usted con su manta; no lo he olvidado... ¡Qué bueno fue usted! Es verdad que lo es usted siempre...

En seguida cambió de tono y me dijo con una especie de dureza:

—Todo aquello pasó. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya no siento deseo alguno de hacer de nodriza.

Se levantó y cerró la ventana, por creer que la noche estaba fresca.

Y se marchó.

Pienso algunas veces si estará enamorado de Luciana, tan bella y tan inteligente. Sin embargo, más bien parece que se evitan.

Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de misterios...

Máximo a su hermano.

20 de octubre.

También esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero tenía una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... Sí, Luciana, mi Luciana me resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.