Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estúpido. Ella se irritó y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometía.

Hícele la observación y ella la tomó con altanería e impaciencia. La acusé de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indignó, por lo que cambiamos palabras crueles.

—Sospechas, reproches, escenas violentas; ¿es así como comprende usted el amor?—me preguntó.—Si piensa usted ser un marido escamón y tiránico, es tiempo aún de decirlo.

—Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor de sí misma al primero que se presenta...

Luciana me interrumpió con violencia:

—¿Qué he dado yo al señor Lautrec más que atención trivial y política que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? ¿Qué me reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? ¿Tendré que volverme imbécil y huraña para complacerlo a usted? Si así es, no soy la mujer que le conviene.

—Mucho lo temo.

—¿Quiere usted un rompimiento?—exclamó deteniéndose de repente y mirándome a la cara, pues íbamos juntos por los paseos del bosque, delante del grupo de nuestros amigos, que no podían oírnos.

Mi corazón flaqueó y no pude soportar el desafío de su mirada ni el brillo de su belleza.

—¡Un rompimiento!—dije con emoción.—¿Cómo ha podido tal palabra encontrar el camino de esos labios?... Demasiado sabe usted que la amo.