—Empiezo a dudarlo.

Luciana volvió a echar a andar a mi lado, pero sus miradas siguieron irritadas y duras.

—No—respondí,—no lo duda usted. Conoce usted su poder y abusa de él... Sabe muy bien que no puedo luchar y que nunca la he amado más que hoy.

Tenía yo una singular necesidad de afirmar mi amor, tanto para mí mismo como para ella. Era aquello como una especie de exorcismo contra los malos pensamientos, las cóleras y los rencores que me torturaban hacía algún tiempo.

Luciana me escuchaba muy grave y como ensimismada en sus pensamientos, dudando si creer en mis protestas, o acaso interrogándose a sí misma, no lo sé.

Por fin dijo en tono más dulce:

—Si duda usted de mí, confiéselo francamente, Máximo. La lealtad es el primer deber del amor.

—Tiene usted razón. Y si, de igual modo, siente usted alguna vez el habérseme prometido, tenga la sinceridad de decírmelo. Se puede perdonar todo, menos el ser engañado.

—Le prometo a usted ser sincera. Y, ahora, no nos querellemos más. Hay que perdonarme que me gusten los elogios y que sea sensible a las dulces palabras. Es un defecto común a todas las mujeres.

Habíamos llegado al sitio habitual de separarnos y me fui con Lacante y con su hija.