Y me señaló a la Marquesa y a Lautrec engolfados en una conversación muy animada, mientras el Marqués de Oreve se paseaba por el terrado con Kisseler.

Eché una mirada de pesar a Elena, que se alejaba, después de haber vuelto la cabeza dos o tres veces para ver si yo la seguía. No sé si Luciana lo echó de ver.

—No es pedir a usted mucho—me dijo.—Siéntese... a mi lado... unos minutos.

—¡Al lado de usted!—exclamé con una admiración irónica.—En verdad, me colma usted de bondades... ¿Qué pasa, pues?

Pero había ya cedido a la atracción de sus hermosos ojos y sentádome a su lado.

Durante un rato estuvimos callados.

—Hable usted—me dijo por fin.—Cuénteme sus malos pensamientos contra esta pobre Luciana.

—¿Para qué? Le importan a usted tan poco...

—Si me importaran poco no estaría aquí ahora esperando la inevitable reprimenda. Tóqueme usted la mano... está temblando.

Tenía la mano helada y la guardé en la mía, aunque sin tierna presión.