—¿Por qué toma usted a juego el torturarme—le pregunté,—sabiendo que su complacencia en tolerar la actitud comprometedora de Lautrec es injuriosa y cruel para mí?

—Sea usted justo—exclamó.—Lautrec hace a mi lado lo mismo que usted con la niña de Lacante... Mi coquetería no es más criminal que la de usted.

—No hay nada entre Elena y yo; nada que no sea natural y legítimo entre un hermano mayor y su hermana.

—Sí, naturalmente; una amistad fraternal... Así empiezan siempre esas cosas... Es verdad que yo no puedo invocar la misma excusa. Soy demasiado sincera para no confesar que hay en Lautrec algo más que una amistad de hermano... y en mí algo menos.

—Reconozca usted que está enamorado.

—¿Por qué no?

—Y usted lo ha animado y hasta excitado... Le ha hecho usted perder la cabeza.

—Nada de eso. Puedo afirmar que es enteramente dueño de sí mismo.

—Luciana—exclamé,—júreme usted que no hay nada entre ustedes.

—De buena gana, amigo mío... Pero, ¿qué llama usted «nada»? Me ha hecho el amor, no lo niego.