—Pero usted, ¿qué ha respondido?
—Palabras sin significación... y nada más.
Y con voz incisiva, casi dura, siguió diciendo:
—¿Se figura usted que soy bastante tonta para creer en un sentimiento serio en el señor Lautrec? ¿Cree usted que no he descubierto en seguida la sequedad egoísta de aquella alma sin profundidad, sin nobleza, sin?...
—¡Cuidado!—exclamé.—Habla usted de él con amargura. ¿Qué le ha hecho a usted?
Luciana se echó a reír.
—¿No quiere usted que lo juzgue severamente? Hay que ser consecuente, mi pobre amigo. Agrádeme o no, usted no puede hacerme un reproche igual. Pero dejemos esta vana disputa y estas niñerías crueles que nos hacen tanto daño. Yo no pido más que convenir en mis culpas: sus celos de usted me hirieron y tuve a orgullo el hacerle frente... Usted, para castigarme, no ha dejado un momento a Elena Lacante, y ha logrado también lo que se proponía, que, a mi vez, me he vuelto celosa. Esta es nuestra historia.
—¡Usted celosa, Luciana!... Se estima usted muy superior a las demás para que eso sea posible.
—Pero el amor me vuelve modesta, Máximo, y yo lo amo a usted... bien lo sabe.
¡Ah, la hechicera! Todo lo olvidé. Había vuelto a tomar su timbre de voz encantador, un poco velado, más conmovedor que todas las palabras, y la sonrisa de misteriosas promesas que la hacen irresistible cuando ella quiere serlo. Todo mi rencor se había disipado y sólo vinieron a mis labios palabras de excusa y de amor.