Escuchábame ella pensativa. Su animación y su ardor para defenderse habían desaparecido. Los párpados caídos me ocultaban sus ojos y una expresión de indecible tristeza ensombrecía su linda cara. La languidez de toda su persona, de su talle inclinado, de sus manos abandonadas, hacíala infinitamente interesante.
Tomé una de aquellas manos, inertes en la falda, y la oprimí contra mis labios. Hizo al punto un movimiento para retirarla, pero después me la abandonó, volvió la cabeza y me miró con expresión incierta. Sus ojos estaban húmedos.
Por fin, dio un gran suspiro y dijo, respondiendo, sin duda, a sus largos pensamientos:
—Entonces, ¿cuándo nos casamos?
—Cuando usted quiera—respondí sorprendido por aquella brusca pregunta.
—¿Y si quisiera ahora mismo?
—Sería el más feliz de los hombres.
—¿A pesar de mi coquetería y de... mis defectos?
—A pesar de todo, pertenezco a usted, Luciana... Mi corazón, mi vida, todo lo que poseo es de usted... Por desgracia, lo que poseo es muy poca cosa.
—¿Marignol sigue viviendo?