No valía la pena que se muriese Marignol, puesto que no me produce ningún contento.
Elena al Padre Jalavieux.
Me ocurre una gran aventura, en la que me he comprometido un poco a la ligera y sin saber cómo saldré. He aquí la historia, señor cura.
Ayer noche comimos en casa de la Marquesa de Oreve con las señoras de Grevillois, la de Jansien y unos cuantos hombres, entre los cuales estaba Gerardo Lautrec. Tratábase, justamente, de una comida de despedida antes de su gran expedición a través del mundo.
Se hablaba de Oriente, de las razas asiáticas, de costumbres, de trajes y de otras cosas relacionadas con el viaje de don Gerardo, cuando, de pronto, la de Jansien da un ruidoso suspiro y exclama:
—¿Dónde estará usted mañana a esta hora?... Muy lejos ya.
Lautrec se echó a reír y respondió:
—No tan lejos como usted cree. Retardo mi viaje veinticuatro horas para estrechar la mano a Máximo de Cosmes, que llega mañana con todos los laureles de Bélgica.
—¡Tanta amistad!... Confiese usted que es un pretexto.
—Nada de eso, señora. Soy muy amigo de Máximo, y además, tengo que pedirle un servicio... Quiero poner en sus manos un depósito que, para mí, tiene importancia, pues son mis papeles más preciosos.