—¿A él?—exclamó Luciana.—¿Por qué a él?

Había algo tan raro en el sonido de su voz, que no pude menos de mirarla. Sus ojos brillaban con un extraño fulgor, pero, en un momento la llama que los iluminaba se apagó y Luciana volvió a caer en la inmovilidad un poco triste y altanera que había guardado hasta entonces.

Lautrec respondió:

—Confío esos papeles a Máximo, porque es mi amigo y el más caballero que conozco. Si muero, estoy seguro de que ejecutará escrupulosamente mis voluntades, ya para publicar lo que le parezca digno de ello, ya para quemar lo que no deba ser leído.

Al decir esto miraba a Luciana, que le había preguntado; pero ella parecía pensar en otra cosa y seguía indiferente y pensativa.

Mi padre dijo, aprobando a Lautrec:

—Máximo es la lealtad misma, y además, discreto como una tumba. Se le pueden confiar los encargos más importantes con la certeza de que serán ejecutados en conciencia.

—Yo—dijo Sofía Jansien en tono ruidoso y duro—no conozco más que un confidente discreto, el fuego. ¡Ja, ja, ja!

Esta señora tiene un modo de reír que rompe los vidrios.

Lautrec continuó: