—Vaya usted a verme mañana temprano, se lo ruego... Me hará usted un gran servicio... Ya sabe usted que salimos a las nueve.
Vacilé, extrañada, pero ella me tomó la mano, me la apretó con fuerza y me dijo:
—¡Si usted supiera!... Vaya usted; se lo suplico.
Su madre la estaba llamando en la escalera, y Luciana añadió, mirándome ardientemente:
—¿Irá usted? Hágalo por mí, Elena.
Se lo prometí, y esta mañana obtuve de mi padre permiso para ir a despedirme de ella. Estaba escribiendo y consintió sin hacerme preguntas.
Salí, pues, con la señora Schwartz, una señora que viene todas las mañanas para acompañarme a la iglesia y a mis clases y que, al mismo tiempo, me enseña el alemán.
Serían apenas las ocho cuando llegué a la calle de Verneuil. Me abrió la puerta la señora de Grevillois y pareció muy sorprendida al verme.
—¿Luciana?—me dijo titubeando.—No sé si podrá recibirla a usted, hija mía, nos vamos ahora mismo.
Antes de que yo respondiera que venía a ruego de Luciana, apareció ésta.